Argumosa y Bourke, Teodoro. Guadalajara, 26.III.1760 – Santander (Cantabria), 24.VI.1818. Militar y marino.

De familia de origen santanderino e irlandés, empezó a servir en el Ejército, donde alcanzó la graduación de capitán de Infantería el 9 de mayo de 1776. Su padre (1711-1774), originario del Obispado y Montañas de Santander y caballero de la Orden de Santiago de 1747, en el momento de nacer Wenceslao era intendente de la provincia de Guadalajara y corregidor de su capital, además de superintendente general de sus rentas reales y de millones, desde 1757; diez años antes había sido distinguido con el hábito de la Orden de Santiago. Su madre, originaria de la villa oscense de Monzón —donde fue bautizada el 2 de junio de 1739—, era la única descendiente que sobrevivía en España de un linaje irlandés acogido en tiempos de Felipe II, al que, además de ser condes de Clarincard, le fue concedido el título de marqueses de Mayo.

El 1 de enero de 1777 pasó al cuerpo de oficiales de guerra de la Armada con el empleo de teniente de navío en el servicio de Batallones en el departamento de Ferrol. El 25 de abril embarcaba en el navío Magnánimo; salió para La Habana y quedó agregado a las fuerzas estacionadas en aquel apostadero. Al declararse la guerra a la Gran Bretaña cruzó por las Antillas y cuando el teniente general José Solano entró con su escuadra en La Habana en agosto de 1780, el Magnánimo se integró en esta fuerza. Argumosa participó en el sitio y toma de la plaza de Pensacola (abril-mayo de 1781) y regresó a La Habana. El 11 de diciembre su navío apresó la fragata corsaria inglesa Hero. Cuando una escuadra británica se presentó frente a La Habana en 1782, Argumosa tuvo el mando de una batería en el castillo del Morro y desempeñó las funciones de sargento mayor de un batallón de Marina que se formó en el apostadero con dicho motivo. Viajó al Guarico y Puerto Rico con los buques de Solano durante la campaña de las Antillas que pretendía la recuperación de Jamaica en unión de una escuadra francesa.

Firmada la paz, regresó a Cádiz, pasó sucesivamente a los navíos Velasco y Triunfante (agosto y septiembre de 1783) y ascendió a capitán de fragata en octubre.

Embarcó en el navío Rayo el 23 de febrero de 1784, insignia de la escuadra del general Barceló destinada a la segunda expedición contra Argel. Argumosa intervino en los ocho ataques que se dieron a la plaza en el mes de julio y fondeó en Cartagena el día 27. El Rayo, insignia de una división de buques menores, cruzó por el Mediterráneo y transportó tropas a Mazalquivir y Mahón (agosto de 1784 a marzo de 1785).

Del 28 de marzo al 1 de octubre de 1787 embarcó en la fragata Nuestra Señora de Loreto, que, a las órdenes de Vicente Tofiño, cartografió las costas del norte de España utilizando como base de operaciones los puertos de Santander, Vigo y La Coruña; al finalizar regresó a Cádiz. El 15 de febrero de 1788, a bordo del navío Castilla viajó a La Habana; en este apostadero pasó sucesivamente por los navíos San Pedro de AlcántaraReal Carlos, de nuevo el San Pedro de Alcántara y la fragata Venus. A partir del 20 de mayo de 1788 fue agregado a los ingenieros de La Habana. El 7 de junio de 1789 embarcó en la fragata Santa Paula; en ella viajó a Ferrol y al llegar cesó en este destino el 4 de agosto del mismo año. El 24 de septiembre siguiente se encargó de la segunda comandancia del arsenal.

La ejecución de Luis XVI provocó la declaración de guerra del 23 de marzo de 1793 a la Convención de Francia. Argumosa había sido destinado al navío Reina Luisa el 4 de marzo anterior; con él salió de Ferrol el 5 de mayo de 1793 y entró en Cádiz el día 12, desde donde volvió a salir para Cartagena a integrarse en la escuadra del teniente general Francisco de Borja.

De allí se hizo a la mar a mediados de mayo y tomó parte en la campaña de Cerdeña y cabo Creus.

De regreso del Mediterráneo, el Reina Luisa llegó a Cádiz, de cuya bahía volvió a levar el 6 de julio de 1793. Agregado a la escuadra del teniente general Juan de Lángara se dirigió de nuevo al Mediterráneo y el 27 de agosto de 1793, a petición del almirante británico Hood, entró en Tolón, ocupando inmediatamente la ciudad, fuertes y arsenal, cuyas guarniciones se habían sublevado contra las autoridades de París y pretendían el restablecimiento de la Monarquía.

Argumosa tuvo el mando de la tropa de la escuadra destinada el 15 de noviembre al socorro de Balaguer, y regresó a Tolón. Sitiado por los republicanos, este puerto resistió hasta el 18 de diciembre del mismo año, día en que fue evacuado por ambas escuadras. Asistió al reembarco de las tropas del Ejército al mando de un trozo de marinería de la escuadra española.

El navío Reina Luisa regresó a Cartagena el 31 del mismo mes. Argumosa ascendió allí a capitán de navío el 16 de enero de 1794; allí desembarcó el 1 de febrero para trasladarse el día 18 siguiente al navío Mexicano, de la escuadra de Francisco Melgarejo. En él se hizo a la mar hacia Rosas y de aquí fue a cruzar sobre Colliure en conserva de tres navíos puestos a las órdenes de Domingo de Grandallana para apoyar al ejército en la frontera de Francia. A partir del 18 de marzo se halló en las operaciones de Rosas, Santa Margarita e islas Hières y regresó a Cádiz. Argumosa transbordó al navío Purísima Concepción el 12 de julio de 1795. Tras una estancia en Mahón pasó a Cartagena, donde tuvo el mando interino del navío Ángel de la Guarda del 18 de agosto al 20 de septiembre y regresó al Concepción.

El 15 de octubre de 1795 se hizo cargo en Cartagena de la comandancia del navío San Isidro. En conserva del navío San Francisco de Paula viajó a Barcelona dos veces para conducir pertrechos del ejército a Cádiz. En guerra con Gran Bretaña, salió a la mar el 31 de enero de 1797 formando parte de la escuadra del teniente general José de Córdova, cuya misión era proteger un convoy en su tránsito de Cartagena a Cádiz. Una vez cumplido el objetivo, la formación se enmaró hacia el cabo de San Vicente, donde amaneció el 14 de febrero de 1797 con baja visibilidad y en desorden. La escuadra de Córdova sostuvo allí combate con la británica del almirante Jervis; el San Isidro fue de los más empeñados en la acción. El navío sufrió muchas bajas y averías, lo que obligó a la rendición. Argumosa resultó herido y quedó prisionero de guerra, siendo canjeado posteriormente.

El 20 de octubre de 1798 era nombrado comandante del arsenal de La Carraca. Por orden de 18 de diciembre de 1802 se encargó de los navíos Neptuno y Príncipe de Asturias, ambos desarmados en Ferrol. El 20 de septiembre de 1803 tomó el mando de las lanchas cañoneras de defensa del departamento, y el 25 de octubre siguiente fue nombrado comandante del navío Monarca asignado a la escuadra que se hallaba en la dársena del puerto.

Ante el empeoramiento de las relaciones entre España y Gran Bretaña, el 13 de noviembre del mismo año el Gobierno ordenó su armamento completo para agregarlo a la escuadra que se alistaba en Ferrol; el 24 de enero de 1805 salía del arsenal una vez habilitado.

Tras abandonar este puerto el 10 de agosto en conserva del resto de los buques de Gravina, se incorporó a la escuadra combinada del vicealmirante Villeneuve que el 13 de agosto dio la vela y el 20 entró en Cádiz.

El 20 de octubre salió a la mar agregado a la misma escuadra. El día siguiente participó bizarramente en el combate de Trafalgar sostenido con la británica del vicealmirante Nelson. Argumosa resultaría herido, rindió su buque y el 27 era desembarcado en Gibraltar.

Al regresar al departamento de Cádiz ascendió a brigadier el 9 de noviembre, pero quedó como prisionero de guerra bajo palabra. En noviembre de 1807 se le confirió la segunda comandancia del arsenal de Ferrol. En junio de 1808 fue nombrado gobernador interino de la misma capital departamental, en cuyo destino cesó el 24 de febrero de 1810. El 16 de septiembre siguiente sería designado comandante militar interino de la provincia de Santander. Falleció en la misma ciudad el 24 de junio de 1818.

Hijo de Teodoro Ventura de Argumosa y de la Gándara y de María de la Concepción Bourke y MacSweeny —casados en Madrid, el 11 de enero de 1759—, Wenceslao Argumosa nació a las seis y media de la mañana del 27 de septiembre de 1761 y fue bautizado en la iglesia parroquial de San Esteban al día siguiente. Su padre (1711-1774), originario del Obispado y Montañas de Santander y caballero de la Orden de Santiago de 1747, en el momento de nacer Wenceslao era intendente de la provincia de Guadalajara y corregidor de su capital, además de superintendente general de sus rentas reales y de millones, desde 1757; diez años antes había sido distinguido con el hábito de la Orden de Santiago. Su madre, originaria de la villa oscense de Monzón —donde fue bautizada el 2 de junio de 1739—, era la única descendiente que sobrevivía en España de un linaje irlandés acogido en tiempos de Felipe II, al que, además de ser condes de Clarincard, le fue concedido el título de marqueses de Mayo. Teodoro Ventura de Argumosa había casado en primeras nupcias con María Nicolasa de Ripperda (o Riperdá), hija de Juan Guillermo de Ripperda y Diest —VIII barón, y, desde 1726, I duque de Ripperda, fugaz secretario de Estado y del Despacho de Felipe V—; de este primer matrimonio nació una única hija, hermanastra de Wenceslao de Argumosa y Bourke, llamada María Erlinda Juana de Argumosa.

Del matrimonio de Ventura de Argumosa con María Bourke —ya en segundas nupcias—, nacieron cinco hijos: el primogénito, Teodoro; Wenceslao, el segundogénito; Fermín, que seguiría la carrera militar, en la Armada; una hija, María; y Remigio, el menor.

La infancia de Wenceslao de Argumosa y Bourke transcurrió en su ciudad natal, donde primero aprendió francés, desde los cinco años de edad, con su madre, María Bourke, y, después, con los jesuitas, para pasar a tener, con posterioridad a 1767, un preceptor italiano, César Branchi. En 1772, con once años, comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares, bajo la dirección del rector del Colegio de los Agonizantes. Al morir su padre, en 1774, Carlos III, en atención a sus servicios, otorgó una pensión anual de 200 ducados a cada huérfano, con excepción del hermano mayor, Teodoro, que ya era paje de la Casa del Rey. Decidió su madre, entonces, trasladar la residencia de la familia a Alcalá, en cuya Universidad recibió Wenceslao, ese mismo año de 1774, el grado académico de maestro en Artes, habiendo precedido los ejercicios acostumbrados, que fueron aprobados por el claustro, nemine discrepante.

Pero, en 1776, falleció también su madre, quedando desamparados, él y sus hermanos huérfanos. Por fortuna, Francisco Antonio de Lorenzana Butrón, arzobispo de Toledo (1772-1800), que estimaba mucho a su difunto padre, le hizo trasladarse de Guadalajara y Alcalá a Madrid, que eran todos lugares pertenecientes a su archidiócesis, como paje suyo, para que concluyese sus cursos de Filosofía en los Reales Estudios de San Isidro. Tal protección explica que el joven Wenceslao emprendiese sus estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Toledo, a la que incorporó el grado de bachiller en Filosofía el 15 de julio de 1776, bajo el aprendizaje de un notable abogado toledano, Bonifacio de la Torre Gorvea. A continuación, obtuvo el grado de licenciado en Filosofía, en la misma universidad toledana, el 3 de agosto; y el de licenciado en Artes, el 7 de agosto, siéndole impuestas las insignias de maestro el 10 de agosto, cuando todavía no contaba con quince cumplidos de edad. Durante los tres años siguientes, hasta el 24 de junio de 1779, siguió los cursos correspondientes en la Facultad de Leyes de la Universidad de Toledo, que le permitieron recibir, en el claustro pleno de 27 de abril de 1779, el grado de bachiller en Leyes. Ya en la Universidad de Valladolid, asistió a la cátedra de Sagrados Cánones de 1779 a 1780, y, luego, en el curso de 1781 a 1782, a otro más de Cánones, que también incorporó, en ambos casos, a la Universidad de Toledo. De este modo, pudo serle conferido el grado de licenciado en Derecho Civil el 24 de febrero de 1782, recibiendo la borla de doctor, ante el claustro pleno, en la Facultad de Leyes de Toledo, el 10 de marzo de 1782. Mientras tanto, había sido admitido como individuo sustentante en la Real Academia Canónica-Legal de San Juan Nepomuceno, de la misma universidad toledana, el 2 de mayo de 1779, siendo nombrado académico, en primer lugar, el 30 de mayo de 1779, hasta llegar a obtener honores de presidente.

Los estudios universitarios de Wenceslao de Argumosa y Bourke culminaron, brillantemente, con la obtención de la plaza de colegial, y el título de doctor, en el Real Colegio Mayor de España o de San Clemente de los Españoles, en la Universidad de Bolonia (Italia). En 1780, el arzobispo-cardenal Lorenzana le había conferido una beca en Teología (luego transformada en otra, de Derecho Canónico), en dicho colegio, que era de su provisión, y el becado hizo su presentación, y fue admitido en él, el 7 de noviembre de 1784, con veintitrés años, permaneciendo como colegial durante otros siete, hasta 1791. Fue elegido consiliario e historiador del colegio en el curso académico de 1785-1786; al igual que para los cargos de consiliario, otra vez, en los de 1786-1787 a 1791-1792, secretario (1786-1787) y adjunto del plan de estudios (1786-1787, 1788-1789), y bibliotecario y archivero (1787-1788 a 179-1792). Como bibliotecario recopiló y ordenó las cartas de los colegiales, y de otras personas, conservadas en el archivo colegial.

Opositó a una de las cátedras de Derecho Canónico el 9 de junio de 1787, consiguiéndola el 28 de junio de 1787. Hasta su marcha del Colegio, a lo largo de cuatro cursos, de 1787-1788 a 1790-1791, Wenceslao de Argumosa fue lector honorario, leyendo de extraordinario, por la tarde, las Instituciones canónicas.

Su primera obra impresa fueron sus De Legibus Antiquioribus in Europae Politia retractatis Theses (Parma, por la Imprenta Real, 1787), que eran, en efecto, unas tesis públicas, que defendió en la iglesia del Colegio de España, el 1 de diciembre de 1786, junto con unas conclusiones que dedicó al duque de Parma, el 25 de enero de 1787. Se conservan, por otro lado, algunas de sus disertaciones, manuscritas, como la que lleva por título Sopra l’influsso delle sette filosofiche nelle materie religiose e politiche;y Sopra la moderna popolazione europea comparata coll’antica e cause della decadenza,fechada el 30 de julio de 1787.

Al igual que los temas de algunas conferencias y disertaciones: De codice legum in universa Europa reformando,el 8 de noviembre de 1786; en italiano, el 9 de agosto de 1787, otra vez, acerca del Estado de la moderna población europea comparada con la antigua, y la manera de reemplazarla por caso de decadencia sin el recurso a las colonias extranjeras;o la apertura del curso académico, en septiembre de 1788, sobre De optimi studii utilitate et necessitate, deque plurimis tum antiquis tum recentioribus discendi methodis penitus contenendis.Consta la referencia de otras varias, de erudición y lucimiento, sobre cuestiones harto debatidas entre los filósofos y juristas ilustrados europeos, junto a algunas más tópicas y tradicionales, al lado de diversos trabajos en defensa de la inmunidad y los privilegios colegiales. Por último, siendo comisionado para dirigir las fiestas colegiales de exaltación al trono de Carlos IV, en 1789, en las funciones públicas consiguientes, dirigió a la reina María Luisa de Parma una composición poética en su alabanza, titulada Los votos públicos dedicados a la Reina Nuestra Señora,que fue impresa con gran lujo, y presentada, tiempo después, al nuevo monarca.

El nombre de Wenceslao de Argumosa desapareció de las listas de colegiales bononienses a partir del curso de 1793-1794. Antes, sin embargo, desde finales de 1791, y a lo largo de los primeros meses de 1792, emprendió un viaje por Italia, que le llevó hasta Nápoles, y, desde allí, pasando por Bolonia, hasta Génova, en cuyo puerto se embarcó para España, llegando, hacia mediados de 1792, a Madrid. Habiendo perdido —según él mismo decía, por una intriga— la confianza, y la protección, del arzobispo-cardenal Lorenzana, se retiró a vivir en casa de un pariente lejano suyo, llamado Félix de la Bárcena, con cuya hija, Catalina de la Bárcena, contrajo matrimonio ese mismo año de 1792, a los treinta y uno de edad. De este enlace nacerían diez hijos, que morirían todos pequeños, excepto la única hija que logró sobrevivir, y llegar a la edad adulta, Luisa de Argumosa y de la Bárcena. Solicitó permiso, por entonces, hacia 1794, al secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, Eugenio de Llaguno y Amírola, para ingresar en el Colegio de Abogados de la Corte, que se hallaba cerrado en aquellos momentos, a fin de reformar y reducir el número de letrados colegiados. Esta petición de Argumosa fue favorablemente informada, en el Consejo Real de Castilla, por Manuel Fernández de Vallejo, a quien había conocido en Toledo, por cuyo motivo le fue otorgado el permiso suplicado, con la gracia regia añadida de poder ejercer la profesión, sin necesidad de pasar por examen, ni prueba alguna, en todos los dominios de la Corona española. También desempeñó, durante dos años, la plaza de agente fiscal del mismo Consejo de Castilla, pero luego renunció a ella, a fin de poder dedicarse plenamente al ejercicio de la abogacía. No tardó en acompañarle el éxito en el foro, llegando a ser apoderado y letrado defensor de los intereses, y los pleitos, del cabildo catedralicio y arzobispado de Toledo (tras la renuncia a la mitra de Lorenzana, en 1800, para morir, en Roma, en 1804); y de las Casas nobiliarias de Frías, Osuna, Cerralvo, la Puebla, Camará, Sotomayor y Benalúa; amén de la tutoría del príncipe de Anglona. Antes de instalarse, definitivamente, en su bufete, y de consagrarse por entero a la defensa procesal de sus clientes, Wenceslao de Argumosa había redactado, e impreso, una Relación de sus ejercicios literarios, grados y méritos, fechada en Madrid, el 23 de diciembre de 1792, que presentó en la Secretaría de Cámara de Gracia y Justicia, y de Estado, de la Real Cámara de Castilla, el 27 de diciembre de 1796, acompañada de una carta para Manuel Godoy, Príncipe de la Paz. En ella, ponderaba que su residencia, durante casi ocho años, en Bolonia, como colegial albornociano, viajando por todas las capitales de Italia, le hacía estar en disposición de elaborar una “especie de manual o guía de forasteros, donde se apunten las más pequeñas curiosidades, así naturales como pertenecientes a las ciencias y nobles artes”. Tomaba como modelo el Viaje de España de Antonio Ponz (1725-1792), que quería complementar. Para conseguirlo, necesitaba que se le permitiese la visita e inspección de los reales palacios, así como de las residencias de los Grandes de España, Títulos de Castilla, y demás particulares, y de los monumentos españoles en general, “deputando un profesor experto de cada arte de las tres nobles, que de acuerdo conmigo califique el mérito de las obras”.

La respuesta de Godoy, anotada el 28 de diciembre, y comunicada al interesado por medio de una carta, despachada en San Lorenzo de El Escorial a 29 de diciembre de 1796, fue terminante: “No ha lugar”.

Al inicio de la Guerra de la Independencia, en 1808, rehusó Wenceslao de Argumosa y Bourke la invitación del lugarteniente de Napoleón, Joaquín Murat, para participar en la Junta de Notables españoles que, a la postre, en Bayona, aceptaron y suscribieron, el 7 de julio, la Constitución impuesta u otorgada, el conocido como Estatuto de Bayona, entregado por José I Bonaparte el 6 de julio de 1808. Después, el Monarca intruso le nombró secretario del Consejo de Estado, y también renunció a ello, por lo que fue hecho prisionero, y conducido a Francia, acusado de haber sido cómplice del levantamiento del Dos de Mayo en Madrid.

Durante seis años y medio, hasta 1814, permaneció confinado en Orthez, y, luego, en Troyes. Una prisión y destierro que compartió con Remigio, su hermano pequeño. Las recompensas por su confinamiento en el extranjero no fueron tan notorias, aparentemente, para Wenceslao como para Remigio de Argumosa, quizás porque el primero no había podido seguir, como sí el segundo, la carrera burocrática. En cualquier caso, Wenceslao de Argumosa y Bourke fue distinguido, en 1814, con la condecoración gratulatoria, ob auxilium pro Rege et Patria,de la cruz de prisionero de Estado en Francia en la Guerra de la Independencia, siendo agraciado, además, con el nombramiento, a título honorífico, de secretario del Rey.

Pero siguió ejerciendo la abogacía en la Corte, como antes de 1808, con idéntico éxito y reconocimiento públicos. Así, el 7 de junio de 1819 suscribió una de sus alegaciones en derecho,impresa a continuación, en este caso, defendiendo los derechos de los parientes y herederos ab intestato de un comerciante difunto de la Ciudad de México, José de los Heros, al reclamar la nulidad del testamento que se le atribuía, en favor de otro pariente, Francisco del Campo Heros. Su prestigio forense, en fin, su fidelidad a la causa absolutista, y también su lealtad a Fernando VII, le reportaron nada menos que el nombramiento de abogado de los infantes Don Carlos y Don Francisco, a los que defendió en varios pleitos; al igual que al Rey, y a su tercera esposa, María Amalia de Sajonia, en un pleito de esponsales. Habiendo sido elegido para el cargo municipal de procurador síndico del Ayuntamiento de Madrid, promovió Wenceslao de Argumosa la erección de un monumento a los heroicos defensores de la Villa el Dos de Mayo,publicando varios programas sobre ello en los periódicos de la época. Tras el pronunciamiento de Rafael de Riego, el 1 de enero de 1820, en la villa sevillana de Las Cabezas de San Juan, por la Constitución de Cádiz de 1812, a lo que siguió su proclamación, el 7 de marzo, y su juramento por Fernando VII, ante las Cortes, el 9 de julio de 1820, Wenceslao de Argumosa dio a la imprenta un opúsculo suyo, de noventa y siete páginas, que firmó sólo con sus iniciales, titulado Los Cinco días célebres de Madrid, dedicados á la Nación y á sus heroicos defensores.

En él, dado lo confuso de la situación, con un monarca de personalidad, convicciones y políticas claramente absolutistas que, sin embargo, ante la toma del poder por parte de los liberales, aparentaba aceptar el nuevo statu quo,el hábil abogado defendía al monarca, y su forzada e inestable posición sobrevenida, no sólo frente a los liberales, sino también frente a sus más fervientes partidarios, los absolutistas ultramontanos, que no podían comprender por qué se había rendido su soberano ante aquéllos. Claramente, pues, las alabanzas del letrado regio a la Constitución gaditana, más que sinceras, eran instrumental, políticamente convenientes. Esos “cinco días célebres de Madrid”, recordados retóricamente por el doctor Argumosa, habían sido el 19 de marzo (págs. 6-15), 2 de mayo (págs. 16-47), 1 de agosto (págs. 47-54) y 1 de diciembre de 1808 (págs. 55-63), y el 9 de marzo de 1820 (págs. 64-97). Con el motín de Aranjuez, el 17 de marzo de 1808, y los ecos de su noticia en la Corte, la nación y el Rey se habían librado de “la ambición de un favorito descabellado”. La paz de Europa no era más que el fruto producido por “la sangre que derramaron heroicamente los españoles el día 2 de mayo”. Otro hito histórico había sido la llegada de la nueva, a la capital, de la victoria en Bailén sobre los ejércitos napoleónicos; al igual que la defensa de los madrileños, frente a un Napoleón que había tenido que ponerse al frente, en persona, de sus tropas, abriendo zanjas y levantando parapetos. Pero, lo que más importaba al abogado Argumosa era calmar a ese mismo pueblo madrileño, y justificar la autoridad, la persona y los actos de su monarca, Fernando VII, y su difícil convivencia con la vigencia restaurada de la Constitución de 1812. De ahí su exhortación a la calma, y a que los súbditos respetasen la figura del Rey, puesto que, unida a la religión católica, ambas potestades, temporal y espiritual, la “alianza entre el Trono y el Altar”, en suma, estaba preservada y garantizada para siempre: “No temáis […]; seréis católicos, lo serán vuestros nietos más remotos, y no podrán dejar de serlo sin dejar de ser españoles”.

Durante el Trienio Liberal, Wenceslao de Argumosa fue elegido, en 1821, decano del Colegio de Abogados de Madrid, desempeñando el cargo sólo durante un año, como era preceptivo entonces, desde 1596. Aunque también había sido nombrado, por Fernando VII, vocal de una primera Comisión, encargada de redactar un Código Civil, sin embargo, a la postre, las Cortes decidieron, el 16 de julio de 1820, designar otra Comisión especial, compuesta sólo por diputados, que fueron los que debatieron, con más celeridad, el Proyecto de 1821. También intervino el doctor Argumosa, como presidente de una Junta informante,formada en el seno del Colegio de Abogados de Madrid, en la presentación corporativa de observaciones al Proyecto de Código de Procedimiento Criminal, que igualmente debatía otra Comisión de diputados en Cortes, y que le fue remitido, junto con un oficio de 11 de noviembre de 1822, firmado por Manuel María Cambronero y Román Corona. Buena prueba de que su aparente apoyo al pronunciamiento liberal de Riego, proclamando las bondades de la Constitución de Cádiz en los primeros meses de 1820, no le granjeó la enemistad de Fernando VII, puesto que era conocida su lealtad a la causa fernandina, es el hecho de que, en 1830, Wenceslao de Argumosa fuese nombrado, por el Rey, mediante un Real Decreto de 23 de noviembre, caballero supernumerario de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III. Electo académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando, Wenceslao de Argumosa había sido también condecorado con la cruz del Vendée de Francia; y su hermano Remigio, con la Legión de Honor. Las pruebas de ingreso de Wenceslao de Argumosa y Bourke en la Orden de Carlos III fueron aprobadas, por su Asamblea general y suprema, en su sesión de 29 de enero de 1831. Escaso tiempo, empero, habría de disfrutar de este y de otros honores, puesto que falleció, en Madrid, el 28 de noviembre de 1831, con setenta años de edad, a las diez y media de la noche, tras haber concluido, al mediodía, la redacción de la defensa de su última causa criminal, en favor de un tal Gaspar Salazar, acusado de un delito de conspiración. Fue enterrado en el cementerio de la iglesia parroquial de San Sebastián de Madrid. Por el testimonio de un amigo y colega, Francisco Pérez de Anaya, en 1848, ha quedado el siguiente retrato suyo, personal y profesional: “Elocuente en estrados, de portentosa memoria, sólo necesitaba leer los pleitos por extractos, que no volvía a consultar aunque el pleito durara años, con gran facilidad para hablar y escribir. Se iba a informar al tribunal con sólo la relación de sus pasantes. Excelente latino”.

PUTZ José

Fuente: RGASPI (Moscú, 545.6.1361) Se trata de informaciones sobre Putz que aparecen en su ficha en el archivo soviético. Se ha obtenido de https://www.brigadesinternationales.fr/wiki/PUTZ_Joseph Es traducción

José Putz (1895-1945)

Joseph Putz nació el 24 de abril de 1895 en Bruselas (Bélgica).

Tras obtener su Brevet, se convirtió en empleado-redactor en el Ayuntamiento de Pré-Saint-Gervais (Sena).

Movilizado en 1914 como soldado, gaseado, terminó la guerra con el grado de teniente, poseedor de la Cruz de Guerra y de la Legión de Honor.

Mientras asistía a clases, siguió una carrera en administración.

En 1920 fue jefe de departamento en el Ayuntamiento de Montrouge, luego en el Kremlin y, finalmente, en 1930, en el Ayuntamiento de Stains.

Durante las elecciones de 1935, el municipio se volvió comunista y Jean Chardavoine fue elegido alcalde. Tras un robo en su caja registradora, Joseph Putz fue sospechoso, y la relación entre ambos se agrió, como Joseph Putz se defendió en el periódico de Doriot, “L’Emancipation”.

Joseph Putz dimitió de su cargo a principios de octubre y se marchó a Marsella, donde escribió al tesorero municipal, amigo de Doriot. Al momento de su dimisión, ganaba 42.000 francos anuales.

Sin afiliación partidista, afirma haber leído obras de Marx y Lenin, así como numerosos libros publicados por el CDLP, y estar especialmente interesado en cuestiones económicas y urbanísticas. Lee L’Humanité .

Miembro de la CGTU, Joseph Putz también es miembro del Socorro Rojo Internacional y del Comité “Paz y Libertad”. Preside la sección de la FSGT en Stains. Casado, pero separado, reside en el número 15 de la rue des Boulets, París ( distrito 11 ).

España

Joseph Putz acompañó el convoy del movimiento “Paz y Libertad” que partió de la estación de Austerlitz (París) y llegó a España el 30 de noviembre de 1936.

Asignado a la 14.ª Brigada de Infantería , fue nombrado comandante de instrucción en Albacete y Mahora. Al finalizar su formación, fue nombrado comandante del 13.º Batallón “Henri Barbusse”.

El batallón intervino en la Batalla de Lopera, donde la 14.ª Brigada de Infantería sufrió enormes pérdidas. Tras el desastre de Lopera, el comandante del 12.º Batallón , Gaston Delasalle, fue acusado de traición. Joseph Putz presidió el tribunal militar que lo condenó a muerte. André Marty especifica en una nota:

Putz presidió el consejo de guerra que, en enero de 1937, condenó a muerte al comandante del XII Batallón (D.) por sabotaje y desmoralización sistemática en presencia del enemigo. Sin embargo, mediante su intervención personal, logró la absolución de D. del cargo de connivencia con el enemigo en un intento por salvarle la vida. Ejecutada la sentencia, tras la confirmación del comandante de brigada y del comandante de sector en Jaén, Putz se encontraba en tal estado que el comandante de la Brigada W… en presencia del comisionado Heussler me pidió que le levantara la moral.

Posteriormente participaría en las batallas de Las Rozas en enero y Jarama en febrero de 1937, durante esta última sería herido.

Fue ascendido a comandante de la 14.ª Brigada de Infantería . En el número 2 del periódico de la 14.ª Brigada de Infantería , Le Soldat de la République (El Soldado de la República ), un breve artículo destacaba la simpatía que inspiraba:

El Teniente Coronel Putz, nuestro buen camarada, acaba de ser nombrado comandante interino de la 14.ª Brigada . Extendemos nuestras felicitaciones a nuestro valiente camarada, el Teniente Coronel Putz. Este nombramiento complacerá a todos nuestros camaradas.

Los informes de este período son muy elogiosos:

Capitán propuesto como comandante del ejército burgués, excelente oficial, muy valiente, muy popular entre sus hombres, imparcial, de origen burgués o de clase media baja. (Informe sin firmar de febrero de 1937)

“Su conducta bajo fuego había sido considerada hasta entonces ejemplar: un excelente líder de hombres, un coraje magnífico, un conocimiento táctico de primer nivel, etc.”

En abril de 1937, Joseph Putz fue reemplazado por Dumont como comandante de la 14.ª Brigada de Infantería . Según Marty, fue relevado del mando porque la brigada se caracterizaba por «un completo espíritu de desorganización, del cual él era el principal responsable». Su sucesor corroboró esta afirmación. Posteriormente, fue asignado al Cuartel General de la División.

En mayo-junio de 1937 fue enviado a Bilbao:

No he tenido conocimiento de ningún informe oficial sobre la conducta de P. en Bilbao. Sin embargo, fuentes extraoficiales y la prensa inglesa han elogiado su conducta. Se dice que él y las tropas bajo su mando protegieron la evacuación de Bilbao por parte de las fuerzas republicanas. (Informe de Vital Gayman)

A su regreso, se le asignaron varios mandos en la 35 División .

El asunto del ayuntamiento de Stains le está pasando factura poco a poco. En una carta fechada el 6 de mayo de 1937, Jean Chardavoine, alcalde de Stains, advierte al partido de los peligros que podría correr al tener a tales individuos al frente de un ejército.

En marzo de 1938, Marty solicitó que una comisión de investigación examinara su caso. Surgió otro factor agravante: había traído a su novia a España (véase la biografía de Gisèle Théssée) y la había destinado a un hospital de brigada. Según Vital Gayman, en un informe sin fecha: «La presencia de su compañera tuvo un impacto muy negativo en la conducta y la moral de P. en España».

“A pesar de todo, a pesar de los errores que P. pudiera haber cometido posteriormente, su conducta durante los primeros meses de su estancia en España parece garantizar innegablemente su condición de buen luchador antifascista, al menos durante ese período.”

Al regresar de un permiso en Francia en mayo de 1938, Joseph Putz se encontró sin destino y le escribió a Marty para solicitarlo. Finalmente, Marty le ofreció la desmovilización.

“[…] en mi opinión, la única solución, ya que no hay mando para usted, sería simplemente desmovilizarlo a través del general Gómez y regresar a Francia.” (Carta del 11 de mayo de 1938)

Luego regresó a Francia y más tarde trabajó en la administración en Argelia.

Segunda Guerra Mundial

Joseph Putz quedaría marcado por esta guerra española y se sentiría cercano a los combatientes españoles y a los brigadistas.

Tras combatir en las Fuerzas Francesas Libres en África, formadas principalmente por republicanos españoles y veteranos de las brigadas, se convirtió en el comandante de la “Nueve” (2ª División Blindada del General Leclerc) que sería la primera unidad en entrar en París.

Raymond Dronne, en “Diarios de viaje de un cruzado de la Francia libre”, lo describe así:

Al frente de este batallón, fuertemente marcado por su carácter hispánico, se encontraba un líder extraordinario: el comandante Putz. […] Putz tenía una apariencia poco militar, aunque se esforzaba por aparentarla. Era un guerrero. Era abierto, sonriente y amable. Sin duda, era el hombre indicado para dirigir una unidad así. (Página 248)

Joseph Putz murió durante la ofensiva de Grussenheim el 28 de enero de 1945.

Fue nombrado Compañero de la Liberación el 24 de marzo de 1945.

Fuente

RGASPI (Moscú, 545.6.1361)

Se comenta un episodio recogido en la obra

Balk, T., Sedillo, J. y Bastien, J. (2025). La quatorzième. D’après des rapports, des conversaciones, des cuadernos de notas. [Versión francesa de JE Sedillo y J. Bastien] . Madrid: Comisariado de las Brigadas Internacionales. Disponible en biblioteca: https://hdl.handle.net/10622/97174116-88FF-4534-BA2B-641C18D94410 Theodor Balk (DRAGUTIN,Fedor Gustincic (1900) fue un médico yugoslavo que sirvió en la XIV BI y cronista de la misma. Lo obtenemos del archivo de la AABI. Balk fue médico en el HOSPITAL MILITAR instalado en el Colegio de las Adoratrices en Guadalajara.

Comerntario. Sobre la actuación ante Lopera de la XIX BI según testimonio de Theodor Balk (Fodor Dragutin) / Pedro A. García Bilbao

En la actualidad hay una obra de referencia indudable sobre el conjunto de la batalla, es La XIV Brigada Internacional en Andalucía. La tragedia de Villa del Río y la Batalla de Lopera de Antonio Pantoja Vallejo y José Luis Pantoja Vallejo, quienes son catedrático de la Universidad de Jaén y cronista oficial de Lopera respectivamente. Obra documentada y solvente parte de un proyecto de investigación que no se ha detenido y que cuenta con nuevas aportaciones tras rastrear informes en archivos españoles, franceses y rusos. Balk, por su parte, hace una aportación que es en sí mismo un testimonio histórico más que una pieza historiográfica.

La XIV Brigada Internacional “La Marsellaise” se había creado el 2 de diciembre de 1936 en Albacete con los batallones “Sans Nom” o “Des Neuf Nationalités”, “Vaillant-Couturier”, “La Marsellaise” y “Henri Barbusse”. Se hace cargo de la brigada para la operación el mando el polaco Walter, antiguo oficial profesional, quien apenas conoce la unidad. Cuenta con veteranos antiguos oficiales (Joseph Putz 13 Bon., Delasalle, 12 Bon.) en los puestos de comandantes de batallón, con el italiano Aldo Morandi como jefe de EM y el francés André Heusler de comisario.

La unidad la compone una mayoría francófona pero el número de nacionalidades y lenguas es enorme, llevándose la palma en lo de la variedad el 9º batallón, en los demás se procura reunir los idiomas por compañías como es el caso de la compañía anglo-irlandesa del veterano capitán George Nathan adscrito al batallón La Marselleise. Entraran en combate por primera vez con una instrucción previa de mínimos, notoriamente insuficiente.

Y como resultado de esa orden se suceden en cascada las ordenes a los batallones de la XIVª desde su propio mando. Putz recibe la orden siguiente, y que nos proporciona Balk, es el esfuerzo postrero que se les pide, cuando llega esta orden llevan varios días de desgaste continuo y están casi sin reservas:

Orden al 13º batallón.
El batallón debe apoyar al batallón Delesale. Debe atacar Lopera. Tienen ustedes a sus órdenes una compañía de ametralladoras del 10º batallón. 28–12–36. El Comandante de la 14ª Brigada, General WALTER.

El comandante Putz envía dos patrullas de caballería. Es mediodía. La primera se compone de trece hombres y su objetivo es Villa del Río. A dos kilómetros del pueblo recibe fuego del enemigo situado a escasos metros. Hay que saltar echarse a tierra, hombres y caballos. Las balas de dos ametralladoras silban por encima de las cabezas. Los jinetes disparan sus mosquetones. Parece que se ha estado tirando durante dos horas y la cosa no dura más de veinte minutos. Se agotan las municiones. De vez en cuando se vuelve la vista atrás. Gesto inútil: los batallones están a quince kilómetros. No hay que esperar ayuda. Las municiones escasean. ¿Van a dejar su piel el primer día? Parece amargo. Los trece se retiran con un solo herido. Una auto–ametralladora les ha salvado.

Además del momento inicial (día 24) cuando Lopera estaba desguarnecida, ¿hubo alguna alternativa operacional para la XIVª BI ante Lopera. Walter les lleva al ataque por uno de los peores sitios. ¿Tenía mapas fiables Walter o solo los Michelin de carreteras? Tal vez pudo haber fijado una línea de resistencia y ordenar un flanqueo y envolvimiento de Lopera. Esto habría sido perfectamente posible si hubiera contado con una segunda o tercera brigada a su disposición, pero no las tenía. Optó por un ataque frontal a despecho de las bajas. Su táctica no era era muy depurada que digamos. Haría lo mismo en la ofensiva de La Granja (Segovia) en en mayo-junio de 1937. El resultado fue muy parecido, las circunstancias también. En la Granja tras el desastre de los dos primeros días fue relevado del mando y sustituido por el carismático Mayor Gustavo Durán, quien con otra táctica logró algunos éxitos pese a que la operación sobre Segovia era ya imposible. También tras La Granja se buscaría una persona a la que achacar el desastre, si bien en este caso sin consecuencias mayores. Walter eludió también su propia responsabilidad personal.

Es evidente que Walter era mantenido en su puesto por razones políticas y no era un buen mando en operaciones. En 1940 le encontraremos de regreso como profesor en la Academia Militar Frunze en Moscú, donde se ocupa entre otros temas de la cartografía militar. En 1945 manda tropas polacas y rusas en los combates en Polonia y Alemania, siendo también muy controvertido en sus decisiones y resultados pese a tener notables medios a su disposición. Walter muere en 1947 siendo general del ejército polaco a manos de resistentes ucranianos.

  • Balk, T., Sedillo, J. y Bastien, J. (1937). La quatorzième. D’après des rapports, des conversaciones, des cuadernos de notas. [Versión francesa de JE Sedillo y J. Bastien] . Madrid: Comisariado de las Brigadas Internacionales. Disponible en biblioteca: https://hdl.handle.net/10622/97174116-88FF-4534-BA2B-641C18D94410
  • Édouard Sill. ¿Un coro inaudible? la obra literaria y testimonial de los voluntarios franceses y belgas, una memoria paradójica. SÁNCHEZ ZAPATERO Javier (dir.),La trinchera universal. Los internacionales y la literatura de la Guerra Civil española, Grenade, Comares, 2021, pp. 39-59., pp.39-59, 2021. ffhalshs-03281737:
  • Grason, D. (2014): “Entrada para Putz, Joseph Le Maitron. Dicctionaire biographique. Consultado el 29/12/25. Disponible en: https://maitron.fr/putz-joseph/
  • Maitron, J. y Pennetier, C. (2009) “Entrada para Hessler, André Marcel”, Le Maitron. Dicctionaire biographique. Consultado el 29/12/25. Disponible en: https://maitron.fr/heussler-andre-marcel/
  • Maitron, J. y Pennetier, C. (2009) “Entrada para Georges, Pierre”, Le Maitron. Dicctionaire biographique. Consultado el 29/12/25, Disponible en: https://maitron.fr/georges-pierre-dit-fredo-dit-colonel-fabien/
  • Salas Larrazábal, R. (1973) “Los internacionales hacen acto de presencia en el frente sur”, en — Historia del Ejército Popular de la República, Editora Nacional, Madrid, pp. 798-803

Texto: La Quatorzième, de Theodor Balk (Fodor Dragutin), un médico yugoslavo que sirvió en la XIV BI y cronista de la misma. Lo obtenemos del archivo de la AABI.

El 23 de diciembre embarcan el Albacete el 10º y el 13º batallones de la XIV BI. Por la tarde de ese mismo día, a la misma hora en que el 9º batallón [conocido como el Sans Nom, Sin Nombre] entra de lleno en su Odisea, el 11º batallón se amontona en los vagones del tren.
Los que han llegado en los últimos días recuperan el tiempo perdido como pueden. Se pasan los fusiles de unos a otro. Aprenden a apuntar. Se acercan a las puertas y, de pronto, suena un disparo. ¡Un disparo! Los nervios están tensos; no se sabe a dónde conduce el viaje ni dónde está el enemigo. Un rumor recorre los vagones: ¡Los fascistas! En fin, lentamente se hace de día. Y la gente empieza a reír.
Se rellenan las cintas de las ametralladoras; más de uno se pilla los dedos. Muchos piensan en el primer choque con el enemigo. Para los jóvenes son imágenes cromáticas; para los viejos son imágenes más realistas.
Se aplanan los sobres y se extraen las fotos de la mujer, de los niños, de los amigos… Curioso, no han pasado más de tres semanas desde aquella imagen: sombreros cómicos de paja, corbatas de domingo…
– Ella no sabía, no me habría dejado partir. Me he ido directamente del trabajo al tren, dice uno. Y su mirada se desliza tiernamente hacia el rostro de una mujer un poco envejecida antes de tiempo.
La mujer del otro cedió cuando Martha Desrumeaux le habló después de un mitin. Ya tenían un alojamiento para las mujeres y los hijos de los combatientes españoles.
– Mira, le dice a su mujer, ellos tienen hijos y, a pesar de todo, también han partido a España. Deja que me vaya.
Y ella aceptó.
Hubo también mujeres que envidiaron a sus maridos y maldijeron ser mujer.
– Cuando me enteré de que yo podía partir fui a ver a mi madre, que trabaja en el Ayuntamiento. Tiene cincuenta años. No derramó ni una lágrima. Tiene mucho coraje.
Mujeres, niños, vecinos, amigos, talleres… qué lejos está todo, es como si hubiera pasado ya un año. ¿Qué pueden estar haciendo en este momento en casa?
En un compartimento hay sentado cuarenta hombres, la tercera sección de la 1ª compañía del 13º batallón. Por encima de sus cabezas, de la red de los equipajes, pende un banderín rojo. ¿Qué van a hacer con este banderín cuando termine a guerra? Lo partirán en cuarenta pedazos. ¿Cuarenta pedazos? Pronto ya no serán cuarenta.
¿A dónde vamos? ¿A qué lugar de guerra? ¿A Madrid? Se diría que sí, los nombres de las estaciones parecen indicarlo. Después de Manzanares el tren bifurca hacia el sur. ¡Hacia el sur!

Andújar. Es la misma Andújar a la que ha llegado el 9º batallón tres días antes. La población está entusiasmada, las mujeres lloran de alegría porque en el último momento, casi en el último minuto, ha llegado la ayuda. Son los Internacionales, los que han salvado Madrid, los que marchan por sus calles con cascos de acero.
Una larga avenida bajo los árboles. Se hace un alto ante un gran edificio, un convento, sin duda. El convento está lleno de refugiados, pero todo el mundo se apresura a ayudar a los salvadores. Se las arreglan para que quepan todos, secciones y familias, soldados y niños. Hay sitio para todo el mundo.
Los recuerdos llegan a muchos. Estos niños son semejantes a los de San Quintín, Arras o Lille, cuando hace más de veinte años huían con sus paquetes de los alemanes. Los Internacionales han venido aquí con un gran propósito: derrotar el Fascismo mundial… Han venido para que no se repita la suerte de Badajoz. Es aquí precisamente donde el pueblo mártir ha adquirido su rostro real, donde se ha recreado el sufrimiento de estos hombres, estos niños, de estos viejos y estas mujeres, sin abrigo, sin nada en el mundo. Y aquí ha crecido el odio en el corazón de los Internacionales. ¡En guardia, crápulas! Mañana nuestros puños desnudos serán manos armadas.

Alerta en la noche. Son las 3 de la madrugada. Delante de la entrada esperan los autobuses, grandes y confortables. Viaje a través de la noche. Al amanecer se desciende de los autobuses. El 13º batallón se desliza hacia un olivar situado a la derecha de la carretera. Una patrulla percibe siluetas blancas. En su imaginación creen ver mantos flotantes, turbantes… Hay que esconderse, disparar. Falsa alarma…
Levanta el día y se avanza sobre el campo calvo que asciende suavemente. Al coronar la altura se adivina, bajo una niebla ligera, la inmensa llanura del Guadalquivir. Campos y río. Una pequeña estación y una vía muerta, abandonada. Hay que enterrarse, cavar y usar la pala; se puede ver la caballería enemiga que ha surgido por detrás de una granja. Ahora viene por el llano. Las ametralladoras entran en acción. Un jinete se destaca del grupo y galopa derecho hacia el campo de tiro. Cesa el fuego. ¿Qué está pasando? Es nuestra propia caballería. Todavía estamos lejos del enemigo. Allí abajo, sobre la carretera, largas filas de carros y asnos llevan a los niños camino de Andújar. Son los fugitivos.

Es de noche. La noche del 24 de diciembre. El 13º batallón espera largo tiempo su comida caliente. El 9º ha comenzado su Pasión, ya no espera el avituallamiento, ni el caliente ni el frío. El 10º sigue en Andújar, en el convento, acostado sobre el suelo, con las ropas puestas, batallando con sus sueños. El 12º embarca en Albacete. Los árboles de Cristo se cimbrean por el mundo.
Al día siguiente llegan los aviones enemigos, las bombas y la metralla. Luego todo vuelve a la calma.
Por la carretera pasan nuevos rostros. Hombres destrozados, lacónicos y muertos de fatiga que llevan el mismo uniforme que ellos. Son los voluntarios del 9º batallón.
¿Dónde está el enemigo? Las informaciones son contradictorias, como se deduce de las instrucciones del comandante del sector que ha recibido el general Walter a mediodía:
Posición del enemigo. En la jornada de ayer el enemigo ha ocupado Villa del Río, situado sobre la carretera de Madrid a Cádiz. Parece que efectúa un movimiento envolvente hacia Montoro para tomar este pueblo del revés. A pesar de las noticias contradictorias, parece que tiene la intención de avanzar sobre Andújar.

Ya conocemos algo más: el enemigo ha tomado Montoro. Sobre las intenciones del Mando, el segundo punto de las instrucciones dice lo siguiente:
Hay que cubrir la línea Lopera–Marmolejo, para cortar así al adversario, y operar sobre el eje de la carretera Madrid–Cádiz

La orden se ejecuta inmediatamente. Hay que buscar el contacto con las posiciones enemigas.
El comandante Putz envía dos patrullas de caballería. Es mediodía. La primera se compone de trece hombres y su objetivo es Villa del Río. A dos kilómetros del pueblo recibe fuego del enemigo situado a escasos metros. Hay que saltar echarse a tierra, hombres y caballos. Las balas de dos ametralladoras silban por encima de las cabezas. Los jinetes disparan sus mosquetones. Parece que se ha estado tirando durante dos horas y la cosa no dura más de veinte minutos. Se agotan las municiones. De vez en cuando se vuelve la vista atrás. Gesto inútil: los batallones están a quince kilómetros. No hay que esperar ayuda. Las municiones escasean. ¿Van a dejar su piel el primer día? Parece amargo. Los trece se retiran con un solo herido. Una auto–ametralladora les ha salvado.
La segunda patrulla entra a caballo en Lopera. Las casas están vacías, el pueblo está abandonado. Por la noche, hacia las dos, hay un fuerte tiroteo por el flanco izquierdo. Un grupo de Regulares intenta avanzar por la carretera hacia Andújar. Pronto abandona el intento.
La jornada siguiente es tranquila. Por la tarde el general Walter convoca a Putz, comandante del 13º, y a Guimpel, jefe de la compañía de ametralladoras de este batallón.
– Vamos a inspeccionar el terreno de operaciones.
Walter es apenas conocido en la Brigada. Se le ha visto solo el día de la partida. Es polaco. Tiene la prestancia y el acento militar. Y un rostro al que la vida le ha causado profundas arrugas.
En el coche se montan también Morandi, el jefe de Estado Mayor, y un coronel español. Un polaco, un francés, un luxemburgués, un italiano y un español.
Kilómetro 310, 320, 330… Se bajan en el km 339. A la izquierda un camino cruza entre dos masas oscuras, un camino que los voluntarios de la Catorce van a conocer bien pronto.
¿Estamos en tierra de nadie, o en tierra enemiga?
Marchan un largo tiempo. Se detienen en un cruce de caminos. Se dibuja la silueta muy nítida de una chimenea de fábrica sobre un cielo que no ha sacudido todavía la oscura pesadez de la tierra. Ante ellos se extiende una masa negra, una loma cuyo nombre no aparece en el mapa. Mañana, pasado mañana saldrá de ese anonimato por la sangre derramada y recibirá el nombre de la “loma de Ralph Fox”.
La colina de pronto escupe golpes de fuego y las balas silban. Guimpel agacha la cabeza. Walter sonríe: “No hay que tener miedo; cuando las oyes silbar, sabes que ya no son para ti”. Vuelven sobre sus pasos y de nuevo el silencio abraza la tierra.

La Catorce está presta. Tres batallones, una batería. El cuarto batallón, lo que queda del 9º, está en la reserva. Es la noche del 27 de diciembre.
Los camiones, con los batallones 10º y 12º, llegan a sus posiciones. Se detienen en el mismo lugar en que, la noche anterior, se ha detenido el coche del General. Y allí descargan a los soldados, que echan a andar.
Charles Schmidt lleva dos cajas de municiones además de su equipamiento. Es una carga pesada. El camino es interminable. Aparece un avión que pica sobre ellos ametrallando, Charles hace poner con presteza las ametralladoras en batería. Una granizada se abate sobre la carretera, pero son granizos duros, de plomo. El avión desaparece.
Reemprenden el camino y, aquí está Charles de nuevo. ¡Fuego! “No dispares, idiota. Vas a delatarnos”.
Adelante, a través de los olivos. Y siempre ese silbido por encima de sus cabezas. ¿Dónde se han quedado los otros? Charles sigue avanzando, por delante de su grupo. De pronto, un tipo alto va a su encuentro, revólver en mano. Es el comandante del batallón, Delasale (sic).
– Vamos, en línea. ¡Qué coño haces por aquí?
Delasale agita amenazante el revólver sobre la nariz de Charles.
– No puedes hablarme así. Me he perdido del batallón. Eso es todo.
– ¡Por ahí! En esa dirección. Llegas a un camino, lo atraviesas, sigues veinte metros más y te pones en posición.
Delasale ha seguido a Schmidt.
– ¡Tira! dice Delasale, pero no demasiado.
Charles no ve nada ante él y dispara sin visibilidad. Voz de Delasale:
– ¡Dispara, por dios!
Schmidt vacía media cinta en la dirección indicada. Voz de Delasale, aullando:
– Eres un bicho raro, ¿no? Deja de disparar tanto.
Delasale
– ¿Son estas nuestras ametralladoras?
– Sí, son las nuestras, responde Tonneau.
– Vais a ocupar esa loma con las dos ametralladoras para proteger el ataque de los ingleses.

Son las 7 de la mañana. Mientras instala su pieza, Tonneau ve de pronto a los marroquíes con sus mantos negros corriendo derecho hacia él. Ya no podrá borrar esa imagen en su vida. Sus gestos se hacen torpes; tiene miedo, mucho miedo. Pero la pieza funciona, dispara– Alza 1200. Un moro cae. Bien, muy bien.
Sarkazi se acerca, es el comandante de la compañía:
– Tu pieza está mal colocada. En lugar de tirar sobre sus posiciones disparas a la carretera.
Entonces Tonneau desmonta su pieza y corre de un olivo a otro con la plancha de protección bajo el brazo. Algo le silba entre las piernas. La tierra salta al aire. Un obús!… Zozobran sus sentidos, rotos en pedazos. Mil Tonneaux, más Tonneaux aún. Y cada vez que piensa en ello revive de nuevo su muerte. Piensa en ello a menudo.

Ciry, un joven artillero, recuerda aquella mañana:
Salimos a una hora temprana. Los fascistas han reculado. ¡Hurra! Esto comienza bien; todo el mundo está contento. El comandante Agard ha dicho: “Las piezas se desplazan una por una, cada media hora. Es por precaución con la aviación”.
La primera pieza ya ha partido. La nuestra espera junto a la carretera. De pronto el aire retumba con un zumbido pesado, poco audible al principio. Después, el ruido atronador cuando pasa por encima de nuestras cabezas nos sobresalta. A una altura baja, y picando derecho sobre nosotros, tres aviones se lanzan al combate. Por un instante nos quedamos inertes. Luego se ponen a describir geometrías misteriosas sobre nuestras cabezas. Sus alas blancas reflejan el sol. En un instante todo el mundo trata de esconderse, de hacerse pequeño y retener la respiración para no señalarse. La siniestra música de los motores, alejándose y volviendo, nos da vueltas en la cabeza.
Una caída ronca. Una corriente de aire, cortante como la cuchilla de afeitar que pasa por la cara. Un estallido brutal. Luego otro, y otro y otro. Caen por todos los lados. Yo me he medio levantado, justo para usar mis piernas. Y me he salvado, con mi cabeza vacía y mis oídos sordos. Ya no pienso. Solo funcionan mis pies. Entreveo confusamente un túnel, con mucha gente inmóvil, amontonada.
Al final se aleja el ruido de los motores, sin volver de nuevo. Aunque están lejos aún me zumban los oídos. Uno a uno, con los gestos rotos, salimos del túnel. Castaing está en la carretera. Como si tal cosa. Al ver a nuestro teniente dando órdenes, siento un poco de vergüenza de seguir en el túnel.
–Vamos, los de dentro. Muchachos, hay prisa.
Todo el mundo ha saltado a los camiones y el convoy parte, lento y pesado. Se fuma mucho y se habla poco. Miramos el cielo. El campo de olivos sigue siendo el mismo. No parece que el bombardeo le haya hecho perder su serenidad verde. Hay un camino a la izquierda lleno de surcos y guijarros.
Un silbido característico. Instintivamente metemos la cabeza en los hombros. Alguien gruñe: “Dejadnos en paz, ya veis que esto no es para vuestras finas bocas…”
Efectivamente. Los obuses enemigos pasan muy alto en un blando cielo azul y van a estallar muy lejos, detrás de nosotros. Unos centenares de metros más y luego, alto. Nuestro comandante está en medio del camino: “Paren, es aquí. Hala, bajad deprisa.”

Nada se puede adivinar del rostro de Agard. Ni rastro de las bombas de aviación ni de los nervios de esta primera mañana de combate. Es un comandante tranquilo y poco locuaz. Tras él están los Vosgos, Douamont, Vaux, Froide–Terre, Salonique, Itaque, la Piave y el Montegrappe. Después, tras estos combates, ha vuelto tranquilamente a su oficio de ingeniero en los Alpes Marítimos. Nunca le gusta hablar de la guerra ni fanfarronear, como hacen otros. Nunca se ha preocupado mucho por el mundo. Es socialista desde hace tiempo pero no le gusta mostrar sus convicciones más que sus conocimientos matemáticos.
Todo eso ocurría hasta el momento en que los generales españoles comenzaron a disparar sus cañones. Es entonces cuando se ha acordado de los Vosgos, de Verdún y del Piave. Quizá, se dice así mismo, todo este sin–sentido tenga un sentido. Y ha ido a presentarse al cónsul español en Niza.

La sección de Oussidum sigue a la segunda compañía. En el camino ha perdido al segundo grupo y entra en fuego con lo que le queda. Oussidum tiene los ojos de un viejo soldado. En ese momento parece estar un poco enfermo. Los ingleses han tomado posiciones delante de él, pero enfrente hay una loma, no tan alta como la suya, pero alargada y contorneando sus líneas. Desde esta loma les pueden disparar por la espalda.
Durante dos horas Schmidt ha permanecido con su ametralladora; ahora recibe la orden de situarla más adelante, apoyando al flanco derecho. Su grupo alcanza la nueva posición a paso gimnástico. Las balas bullen con una música etérea, inocente, hasta el momento en que advierten sus consecuencias. Entonces se convierten en un sonido temible.
– Instala la pieza aquí, dice Schmidt a su cargador.
No hay respuesta. Nadie se mueve detrás de él. Es el primer muerto que contempla Schmidt. Es extraño este silencio, piensa. Hace un ratito que él aún hablaba.
Una a una, indecisas, han cantado algunas balas en las ramas altas. Luego, ráfagas enteras pasan por encima de nuestras cabezas. Las ambulancias han venido a estacionarse en la entrada del camino. Los camilleros empiezan a pasar. Y los hombres van tropezando por grupos de dos o tres. Se disponen las camillas en el camino. Miramos con rabia en el corazón toda esta desgracia que viene de las líneas, Algunos no dicen nada. Otros gritan su cólera: “¡Camaradas, vosotros nos vengaréis!” Hay quienes vienen solos y sorprendidos. Pocas camillas, pocos camilleros. Las líneas están lejos, bien lejos.

– ¡A vuestros puestos! ¡Deprisa, deprisa! Grita Castaing.
– ¡A vuestros puestos! Repiten los jefes de las piezas.
El tiro ha comenzado, a ráfagas. Los hombres corren y se afanan en sus piezas, grises de sudor y polvo.
– ¡La Iglesia! Grito a mi apuntador por encima del ruido que hay a nuestro alrededor.
– ¡La Iglesia, más aprisa! ¡Eh! ¿Qué maquinas tú? Awis, el cargador, un chaval parisino de 23 años, se desmelena como como un bello diablo. Es infatigable. Sin dejar de cargar su pieza no para de burlarse: “Uno más para los Señores Fascistas. Tragad. Todo está cocido”.
Su alegría nos contagia poco a poco. Estoy muy enojado, como la Iglesia.
Por allí la batalla mantiene su cólera. La batería dispara en una bruma de polvo. Sobre el camino los heridos se dejan caer entre suspiros.

Jansen, un inglés, señala en su Diario: “Domingo 27, 10 horas. Marcha hacia el Oeste. Veo el primer avión. Partida en camiones sobre la carretera en dirección a Lopera. Segal y Newson han caído. Atacamos Lopera desde las 4 hasta las 11. Nos acercamos 300 yardas del pueblo. A las 11 nos replegamos a la cota 320”.
“De 4 a 11, ataque a Lopera”. Una frase corta, lapidaria, que abarca 7 horas; pero nada que hable de la audacia de este joven trabajador y estudiante inglés, nada que hable de aquellos que, entre las 4 y las 11, han colapsado, comenzando por la cabeza, y que no han podido ser relevados.
Nathan manda la compañía inglesa. Es alto, de nariz aguileña, con un silbato entre los labios y una barra metálica en su mano. A los dieciséis años entró en el ejército contra la voluntad de su padre, pequeño comerciante judío de Londres. Luego se batió en medio mundo por el Reino Unido durante muchos años. En Arras y en el Somme, en Waziristan y en otras regiones salvajes, en la profundidad de las Indias. Dejó el ejército y se fue a Canadá como representante de una casa comercial. Ahí es donde comenzó a entender los métodos del gran capital y donde se puso a meditar sobre la organización del mundo. De vuelta a Londres comenzó a frecuentar los mítines y, de soldado fiel a su rey, se convirtió en socialista. “En Inglaterra, dijo un día, el Fascismo es cada día más malvado. Puede ser liquidado en España. Esto vale para Inglaterra. Liquidémoslo allí abajo, para comenzar. ¡En ruta, hacia España!”
No ha sido fácil para este viejo soldado montar el ataque con estos jóvenes que no tienen la menor idea de la guerra. Y aún más, sobre una loma desnuda, en terreno descubierto, donde es imposible estar de pie o, aún peor, levantar la cabeza. Al principio de la guerra se vieron con frecuencia a republicanos que se mantenía en pie, sin buscar protección. No tenían experiencia militar. Solo tenían Heroísmo de Barricada: contra el enemigo, a pecho descubierto.
Nathan, el viejo soldado bien curtido, se olvida también de bajarse, a pesar de su altura, ante las balas enemigas. Recorre la cota 320 con su impermeable flotante, su silbato en la boca y su barra bajo el brazo. En su caso no se trata de un cromo de los revolucionarios de 1848; es la psicología guerrera y quizá, también, un encarnación del fair play típicamente británico.
Psicología guerrera: sus muchachos son muy valientes. Han subido al asalto, a la cabeza de la brigada. Han corrido hasta las primeras casas de Lopera. Pero se han visto forzados a recular y tomar posición en la cota 320. Tras varias horas una granizada de hierro se abate sobre ellos. Para el ataque lo que cuenta es la bravura; aquí, lo que hace falta son nervios templados. Y Nathan se pasea así a lo largo de la loma desnuda, con la cabeza alta, su silbato en los labios y su gruesa barra bajo el brazo; esto les tranquiliza y devuelve la calma interior que necesitan.

Esta loma calva es como un cráneo. Un solo árbol subraya esa calvicie. Ese día no puede señalarse más que la presencia extraña de dos hombres, de pie y gesticulando como insensatos. Uno de ellos hace señales con la mano y el otro se acerca y se aleja del árbol en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Tal gesticulación puede parecer una insensatez o aún peor, teniendo en cuenta que no se trata de una exhibición en un terreno de juego, sino en un lugar barrido por proyectiles de todos los calibres. Se trata de dos soldados del 12º batallón que acaban de venir del puesto de mando de Agard, el comandante de artillería:
– Disparáis mal, le han dicho; los obuses no explotan en las posiciones enemigas.
Ese día Agard no disponía ni de teléfono ni de observador. ¿Qué hacer?
Los dos soldados aplicaron una idea: vuelven a la loma; uno se coloca en lo alto para, desde allí, controlar la caída de los proyectiles; el otro se queda junto al árbol. Si el obús cae demasiado corto el primero indica al segundo el punto de caída observado y este último, visible por Agard corre a colocarse unos metros delante del árbol. ¿Qué ha pasado con estos bravos e inteligentes muchachos? Agard nunca lo ha sabido.

En la batería circula un ruido de boca en boca. Amet ha muerto por una bala en la cabeza. Bouquillon, un chicarrón del norte, ha cerrado la culata con un gesto de rabia mientras nos gritaba: “Camaradas, era un gran tipo. ¡Le vengaremos!” Me vuelvo un instante. Blond nuestro comisario, tranquilo y seguro de sí mismo, va de pieza en pieza animando a los camaradas, dándoles consejos, bromeando. Se diría que el comisario vigila las máquinas en un taller parisino.
¡Acaba de llamarme Ciry! ¿Dónde pues está el Temerario?
– Sí, ¿dónde está el Temerario?
Me detengo en mis recuerdos. El día comienza a declinar. La batalla ha estado al rojo vivo todo el día. Desde el túnel no había vuelto a ver al Temerario. Eso le digo a Blond.
Castaing se acerca a nosotros: “¡Alto o disparo”! El alto o disparo se repite como un eco. Son las siete de la tarde. La noche ha caído de golpe, densa, negra. Comemos a tientas la comida que acaba de llegar.
– Temerario, ¿de dónde vienes?, pregunta Bouquillon, que acaba de verlo.
– Te has escondido ¿eh? Por dios. Te has escondido… mientras que a Amet le rompían la cara, añade ahora más bajo, como hablando para sí mismo.
El Temerario baja la cabeza. Siente cómo, tras el silencio que han seguido a las palabras de Bouquillon, las miradas de sus camaradas se han fijado en él y le han juzgado.

Esta noche el general Walter recibió instrucciones del comandante del sector para mañana 28 de diciembre. Entre otras cosas se le dice:
Informaciones sobre el enemigo. El enemigo ha tomado Montoro, Villa del Río, Cañete de las Torres y Valenzuela. No tenemos información precisa sobre sus fuerzas, pero sabemos que posee tres escuadrones [de caballería]: dos de marroquíes y uno compuesto por voluntarios, éste último de poco valor. En infantería dispone de unos cuatro batallones: uno de Regulares, otro del Regimiento de Cádiz, un batallón de Falangistas y otro de Carlistas (Requetés). Artillería: cinco baterías de las cuales dos son de 105. Parece que el enemigo ha recibido algunos refuerzos cuyo número, aun aproximativo, desconocemos.

¿De dónde ha sacado el Estado Mayor estos datos tan precisos? De la gente de estos pueblos, sin duda, que tiene ojos y cabeza. En la misma orden se añade lo siguiente:
Parece que las intenciones del enemigo, que por otro lado no parecen muy definidas, son las de tomar Porcuna por detrás y así forzar el paso a Martos y Andújar a objeto de socorrer a los asediados en Santa María de la Cabeza y subir la moral de las tropas.
Idea de la maniobra: atacar al enemigo en el subsector sur teniendo como objetivo principal la línea Villa del Río – Bujalance – Cañete de las Torres, y como objetivo eventual Montoro – Bujalance.

Hora H: las 6. Esa misma noche Putz recibe de Walter la orden siguiente:
Orden al 13º batallón.
El batallón debe apoyar al batallón Delesale. Debe atacar Lopera. Tienen ustedes a sus órdenes una compañía de ametralladoras del 10º batallón.
28–12–36. El Comandante de la 14ª Brigada, General WALTER.

A Adrien Amouroux lo despiertan por la noche. Orden de partida al kilómetro 339. Allí son repartidos a ambos lados de la carretera, bajo los olivos. Una corta marcha hasta un camino hundido que desciende a la izquierda. Se hace un alto. Es medianoche. Los hombres se echan al suelo para dormir. Luego, por segunda vez, Adrien es despertado. Es todavía de noche, muy oscura. Son las tres y media. Hay café. Luego hay que proseguir el camino. Todo el mundo deja sus mantas y sus mochilas. Se va a montar el ataque. Y después… este después se pierde en la bruma lejana.
Collange piensa: Lo siento por mi viejo despertador de jazz.
Avanzan ahora bajo los olivos de cada lado del camino hundido. Los cinco o seis caballos esperan, sin jinetes, ensillados y atados a los árboles. Ante ellos hay un cadáver tendido; se le adivina escondido bajo una manta llena de sangre. Encuentran a Putz. Este les habla. Ha estado bien encontrarse. Todos le estiman, mejor, le quieren. Él habla en argot, sus palabras de ánimo siempre son amistosas, nunca hirientes. Es amable con todos. Ha hecho con ellos treinta kilómetros de marcha al ir de Albacete a Mahora, a su campo de instrucción. Está de pie, con el aire de un hombre que en toda su vida no hubiera hecho otra cosa que dirigir operaciones militares: “Y sobre todo no os peguéis los unos a los otros; al contrario, id separados”.
De golpe, un grito. Pasado un rato, los primeros obuses estallan cerca de ellos. Weissbecker, que estaba junto a Adrien, acaba de ser tocado. Un fragmento ha roto la correa de su cartuchera y ha penetrado en la carne. Todo el mundo se reúne en torno a él. Hay un hombre ensangrentado, un verdadero herido, no, como en los periódicos, un herido sobre el papel.
Las ambulancias no están lejos. Se tiende sobre una camilla y las miradas de sus camaradas le siguen lejos. El batallón reemprende su marcha.
Llegan los refuerzos de infantería. Llegan con aire decidido. Como dice Bouquillon: ¡esto se va a poner feo! Ver desfilar tropas frescas en la mañana temprana es reconfortante.
– Ciry!
Me he sobresaltado. Es Castaing quien me interpela. No le he visto venir, ocupado como estaba en contemplar el movimiento de tropas.
– Ciry, a tu puesto, viejo.
Corro a mi pieza. Soy el último. Y comenzamos a disparar sobre Lopera. Los ingleses van a intentar apoderarse del pueblo y nosotros cubrimos el ataque. Tiramos durante una media hora. De golpe, en un segundo, un graznido, una corriente formidable de aire sobre nuestras cabezas nos ha tumbado de rodillas junto a nuestras piezas. Al segundo siguiente el obús estalla detrás de nosotros. En un instante todo el mundo se pone el casco.
– Bueno, dice Awis, entiendo esa música. No tengo la cabeza tan dura.
Ahora llueven obuses alrededor. Y comienza la pequeña comedia: cargar, echarse, tirar, echarse, intentar cargar, echarse, tirar. La situación se hace crítica: un obús acaba de caer a veinte centímetros de una caja de municiones. El comandante grita:
– ¡Dejad de disparar! ¡Camuflaos!
Jansen escribe en su Diario: “Son las 4 de la mañana. Nos fortificamos en la loma, detrás del puesto de mando de Alejandro. 6:45, segundo ataque. Llegamos a 900 yardas del pueblo. Cae muerto Sornford [sic, probablemente se trata de John Cornford], de nuestra sección. Lesser y Davis están heridos. Fuego de ametralladoras. Aviación. Bombas”.
Delesale se acerca a Tonneau: “Venga, avanzad y tomad la loma de Lopera bajo vuestro fuego”.
Es el alba. Ya es de día. Los ingleses atacan. Las ametralladoras crepitan. Oussidum está en su pieza. Observa el avance de los asaltantes, que caen en número cuantioso al estar bajo el fuego enemigo que viene de su derecha. Y piensa: “Falta coordinación”. El batallón 13º no sabe lo que hacemos ni nosotros lo que hace el 13º”. ¿Cómo salir de esta?

Adrien sigue en acción. Los aviones zumban en lo alto. Grillet, el jefe de compañía, grita: “¡Muchachos, bajo los árboles!” Esperan hasta que desaparecen los aviones en la dirección de Lopera. Son las 9:30.
Ocurre siempre, pero la moral es buena. Decir que esto gusta sería abusivo. Pero los chavales de París y del Norte no son gallinas. Se camuflan, aprovechan para verificar las municiones que quedan. Cincuenta, cien, ciento cincuenta, dos cientos. Doscientos ocho. No está mal.
¿Qué está cayendo? Cuando me levanto no hay nadie en la posición. Todos se han ido al otro lado del camino. En el mismo instante un fragmento de obús cae sin darme tiempo a echarme cuerpo a tierra. En un segundo me veo medio cubierto de tierra. Cortado de mis camaradas, aislado entre el olivo y el cañón, bajo esta rociada de fuego… solo, ante mi cara de miedo que corre en gruesas gotas y me quema los ojos. A cada nuevo zumbido pienso: ¿Es para mí o para el de al lado? Mis manos se crispan en la tierra amarilla. Mi cuerpo se agita terriblemente. Estoy abandonado a mi impotencia, una turba de ideas se apelotona en mi cerebro, que ya no funciona. La sangre se agolpa en mis témpanos. Ya he vivido mi muerte cien veces.
¡Hay que actuar! Me levanto y de un aliento me reuno con mis camaradas. Tengo la impresión de estar pálido. Me avergüenzo de mí mismo. Mis compañeros no parecen preocuparse. Observan, con la frente preocupada y los puños cerrados, el bombardeo de nuestras piezas.
“A las 10:20, repliegue, orden del capitán Nathan”, escribe Jansen en su Diario: “La segunda sección se coloca detrás de la loma 320, en la dirección del cruce, bajo el fuego cruzado del enemigo y el estallido de los proyectiles. Alcanzamos un olivar donde nos resguardamos sin tener que haber deplorado pérdidas”.

Hay algo que no funciona con la ametralladora de Tonneau; se le ve corriendo a la retaguardia con una Colt averiada. Las balas silban, pero sí, vienen de atrás. Ahora los ve con precisión, allí abajo, son los muchachos del 13º que están tirando por la espalda.
– ¿Qué coño hacéis? Aúlla Tonneau furioso, casi sin fuerzas.
– Disparo a los fascistas, dice el otro.
– Idiota, ¿no ves que estás tirando al 12º batallón? – El otro no dice nada.
– ¿Vas a responder, bastardo? ¡O te derribo como un conejo!
Cuando Tonneau vuelve a pasar por allí el otro está tendido en tierra, muerto; una bala en la cabeza. Así pues ¿habrán sido las últimas palabras que este hombre ha oído? No hubiera querido hablarle así, pero no importa, no quería entender nada.
Los fascistas contra–atacan. Oussidum recibe la orden de replegarse. Una de las ametralladoras se ha atascado. En cuanto a la otra, solo queda sano y salvo el cargador. Oussidum envía a sus hombres a buscar piezas útiles.
Adrien y los suyos están a la derecha. Atraviesan el camino hundido una vez más. Pasan la loma y descienden hacia el barranco en dirección a Lopera. Al fondo pasa un camino. Anteriormente los campesinos tomaban este camino y llegaban a casa en diez minutos. Y además, no debían resguardarse de las dos lomas que se alzan de cada lado del camino. Sobre una de ellas, la de la izquierda, se ven hombres en marcha.
– Seguro que son fascistas, piensa Adrien. Las balas comienzan a silbar duro. Las filas se reducen. Hay heridos y muertos. Las balas vuelan en todas las direcciones. No saben qué hacer. Se echan cuerpo a tierra. Responden, con una rabia impotente, al azar.
El aire se ha cargado de plomo y metralla. Es como si ellos quisieran llenar hasta el borde este vacío: trozos de metralla, gruesas balas de ametralladora de avión y otras más pequeñas que nos asaltan desde todos los lados. Hombres corriendo, hombres huyendo, hombres gritando, llamando a los camilleros desde todos los lados. Los camilleros no siempre acuden cuando se les reclama. Muchos ya están heridos o muertos sobre el terreno. Los hombres ruedan, gatean, se arrastran hasta el puesto de socorro gritando de dolor.
Putz informa al Estado Mayor. Son las 11 horas: “Traed municiones y refuerzos. Creo que se puede tomar el pueblo”.
Collange prepara con su compañía, la 3ª, el ataque sobre el flanco izquierdo, más allá del camino. Su proveedor, que en Mahora era un gran experto en el montaje y desmontaje del fusil ametrallador, se ha quedado prudentemente abajo. En cuanto a su segundo proveedor está a medio camino. En lo alto, Collange está solo. Un caza enfila la loma a una baja altura y la rocía de balas.
Es casi la una y la primera compañía, la de Adrien, se apresta a subir al ataque. En fin. De ser forzado a quedarse allí o a servir de objetivo sin poder tirar un tiro los nervios se agarrotan. Los muchachos dejan los olivos atrás y se internan en terreno descubierto ante la visibilidad completa del enemigo. Grillet marcha en cabeza. Él también avanza tranquilo, con el silbato en sus labios y la barra en su mano. Como siempre está de buen humor, se vuelve, interpela a uno y otro.
– Venga, muchachos, no tengáis miedo, esto va a salir como sobre ruedas.
Adrien está entre los primeros. Su sección, la primera, marcha como en las maniobras: primer grupo, segundo grupo, tercer grupo… total cincuenta hombres. Ante ellos está la loma. Sobre ésta hay soldados con la boina roja. Uno de ellos les hace señales con una bandera roja. ¡Estupendo! Ya están allí. Son los ingleses, seguro.
La sección sube hacia la loma en el orden más hermoso. Grillet se vuelve y grita: “La Internacional”,¡ adelante! Y ellos cantan. Allí arriba la bandera roja les llama. Y la sección sigue avanzando, como en las maniobras. Ya están casi en lo alto. Una mano se tiende para saludar a Grillet desde el talud. La bandera está cerca y Grillet tiende la mano. Entonces una ráfaga de ametralladora les siega de cerca como en la cosecha. Jacob se derrumba, las filas se echan para atrás y la Internacional enmudece en las gargantas. Los muchachos caen, unos quedan en el sitio y otros huyen cuesta abajo. Solo un árabe, Boulou, ha quedado en pie y con una sola bala de su fusil ametrallador tumba al fascista de la bandera roja.
Adrien se echa al camino hundido y tira con rabia impotente. ¡Por dios! Se han dejado atrapar como niños por un terrón de azúcar. Al lado de Adrien alguien ha pedido ayuda. Adrien, aislado en este infierno, se desliza hacia abajo, serpentea entre muertos, moribundos, piedras y hierbajos y logra llegar al puente sano y salvo, donde está el fusil–ametrallador de la sección. Salvado.
En ese mismo momento es violentamente lanzado a tierra. Su codo izquierdo arde. El dolor que escuece. Rompe su manga; no es grave. Deja allí su paquete de balas y corre al Puesto de Socorro. Encuentra un fusil–ametrallador entre los árboles. Ellos pueden usarlo, se dice. Me lo llevo. Un fascista gime bajo un árbol. Su pecho tiene un corte anatómico sangrante. Su rostro una máscara de pavor.
Adrien deja el F.M. en una sección, luego se dirige hacia la carretera para que le pongan un vendaje. Hay muchos heridos. Las ambulancias están repletas. Han venido más vehículos al rescate. Adrien ha comido; después, por la noche, se acurrucará en una zanja al borde de la carretera. Mañana quiere volver al frente.

Las posiciones se mantendrán firmes ante el contraataque, cueste lo que cueste, acaba de decir Putz a la compañía de Collange; un Collange muerto de fatiga de tanto correr y disparar. A las seis de la tarde baja al Puesto de Mando con el resto de las municiones. Putz le indica una nueva posición. Allí encontrará a Demoujins. Parte. Se une a un destacamento de la compañía. Por aquel lado se teme una infiltración del enemigo. Ellos han quedado allí, hasta el relevo, entre dos ametralladoras de la compañía alemana.
Todavía es temprano, pero el cielo se ha oscurecido. La noche cae de golpe. Una noche trágica. Los “cuatro caminos” es el punto de reunión donde todos convergen: el que ha perdido su unidad, el que se ha desorientado y no sabe dónde ir, el que tiene que reparar su fusil, el que tiene hambre y el que, herido, espera a que le lleven a Andújar. Puesto de Socorro, de avituallamiento, de armería, de municiones, de coches, de artillería… todo se ha reunido allí, en los cuatro caminos. Todo el mundo está allí, en cuclillas, tumbados, durmiendo, comiendo, discutiendo. Allí se encuentran, allí se cuentan las aventuras, se comenta lo sucedido… se habla de traición.
El orden surge lentamente del caos. Las compañías se reencuentran en torno a sus jefes. Los llamamientos por encima del tumulto: “Por aquí el 13º”. “¿Están todos los del 12º? ¡Avanzad un poco, camaradas! ¡Venga, no os mezcléis con el 13º!”

Ese día ha caído Ralph Fox. Nadie ha visto su cadáver. Se han encontrado algunos papeles suyos, pero no se encuentra al portador. Ralph Fox era el comisario adjunto de la brigada. Su puesto estaba en el Estado Mayor y en primera línea; pero se mantuvo siempre en primera línea. Quería compartir la suerte de sus camaradas ingleses aun en los más duros momentos. Así ha caído Ralph Fox, lejos de su tierra, como había caído, ciento doce años antes, otro gran escritor inglés, Lord Byron, luchando por la libertad del pueblo griego.

En el curso de la jornada siguiente no pasó nada extraordinario. Las secciones, las compañías y los batallones se han reagrupado. El 10º, situado en el flanco derecho, se ha acercado a cien metros de una batería fascista que troncha en tiro directo los árboles bajo los que se fortifican los nuestros. El joven jefe suspira; si hubiera tenido su cuarta compañía habría eliminado la batería.
Hay que fortificarse. Llueve. Brilla el sol. Llega el rancho de forma más regular. Los aviones van y vienen.
En San Silvestre el cielo está sembrado de estrellas, como antes, pero hoy se las puede ver mejor. Los pensamientos vuelan a los lejanos hogares, se van oscureciendo, y el sueño llega pesado y confuso.

Los fascistas siguen en Lopera; pero no se trataba de Lopera, sino de Andújar, Jaén, de la carretera Madrid–Cádiz… El enemigo estaba bien equipado, con muchas ametralladoras que funcionaban bien, ya que no se habían comprado en cualquier mercado negro, como les ocurrió a los republicanos. Tenían aviones de todas las clases: aviones de caza que no tenían empacho en perseguir a los camilleros que transportaban heridos; bombarderos pesados y ligeros. Tenían tropas bien entrenadas y que conocían el arte de la guerra.
Era necesario detener a ese adversario y se hizo. Más aún: esa resistencia le causó tantas pérdidas que su aliento quedó roto. Al principio de enero la Catorce fue relevada. Tropas más débiles vienen a reemplazarlas. Los fascistas ya no les molestarán más. Andújar y Jaén se han salvado.

Lo pagaron caro. El destino de los buques de la “No intervención” (1936-1945)
José Luis Muñoz de Baena Simón
17cm x 24cm; 316 pp.
PVP: 30 € COMPRAR EL LIBRO

ISBN: 9788496862944
Durante la Guerra de España, Inglaterra logró imponer con todo rigor un bloqueo naval a la República Española. La así llamada NO INTERVENCIÓN, fue la intervención más decisiva del conflicto al impedir a España obtener los recursos para su defensa. Cuatro potencias prestaron sus buques en una acción de bloqueo gigantesca de cuyas dimensiones históricas da cuenta esta investigación. 434 buques de Ia Royal Navy, la Marine Nationale française, la Kriegsmarine nazi y la Regia Marina de la Italia fascista participaron. ¿Qué fue los de los buques de la NO INTERVENCIÓN?



Catálogo sobre símbolos y elementos contrarios a la memoria democrática de Castilla-La Mancha.

A pesar de los años transcurridos, sigue habiendo numerosas calles en nuestra región que todavía exhaltan la dictadura franquista. Recordemos que la ley 20/2022 de Memoria Democrática indica:

2º.- Artículo 36: dispone que la Administración General del Estado confeccionará en colaboración con el resto de las administraciones públicas un Catálogo de símbolos y elementos contrarios a la memoria democrática, al que se incorporarán en todo caso los datos suministrados por las comunidades autónomas, y contendrá la relación de elementos que deban ser retirados o eliminados, en los términos del artículo 35. Su confección se remite a desarrollo reglamentario.

CATÁLOGO (PROVISIONAL) DE ELEMENTOS CONTRARIOS A LA LEY DE MEMORIA DEMOCRÁTICA EN CASTILLA-LA MANCHA. (incompleto)


(Estos datos han sido recogidos por el Foro por la Memoria de Castilla La-Mancha, el Foro por la Memoria de Toledo, el Foro por la Memoria de Guadalajara y pueden contener errores de actualización, pues en los últimos años se han producidos nombres en las denominaciones sobre todo de calles.).

RELACIÓN DE ELEMENTOS Y SIMBOLOS FRANQUISTAS

PROVINCIA DE GUADALAJARA (algunas deben ser comprobadas ).

Adobes: Plaza de José Antonio, Calle de José Antonio.


Albendiego. Placa a los Caidos.

Almonacid de Zorita, Avenida de José Antonio Primo de Rivera , Avenida de los Caidos, Calle Calvo Sotelo,

 Albalate de Zorita, Calle Ortiz de Zárate, Avda José Antonio,

Alcolea del Pinar: Calle José Antonio (en Garbajosa)
(Alcalde comprometido a cambiarla ante la petición de Compromís).

Atienza: calle general Franco, Calle Héctor Vázquez,

Auñón: Calle José Antonio.

Bujalaro: Calle Alberto Martín-Artajo.

Brihuega: Placa a los Caidos en el Cementerio,

Castejón de Henares: Calle comandante Sotelo, calle general Mola, calle general Marzo, calle José Antonio,

 Cendejas de la Torre: Calle Milans del Bosch, calle Generalísimo

 Escamilla: Calle general Mola, calle José Antonio

 Espinosa de Henares: Calle general Mola

 Fuentelencina: Calle Calvo Sotelo.

Gajanejos: Calle generalísimo.

Loranca de Tajuña: Plaza de los Caídos, calle Generalísimo, calle José Antonio.

 Mazuecos: Calle generalísimo. 

 Mirabueno: Calle Martín-Artajo, calle José Antonio,

Mondejar: Cruz de los Caídos.

 Muduex: Calle Calvo Sotelo, avenida de José Antonio, plaza de los Caídos.

 Pálmaces de Jadraque: Calle Generalísimo, Calle Calvo Sotelo, calle Capitán Cortés, plaza de Cristo Rey

Pastrana: Calle general Cayuela

Peñalver: Calle generalisimo Franco, calle José Antonio,

Rebollosa de Hita: Plaza del Generalísimo. Plaza General Mola.

 Sigüenza: Calle Caidos (Alboreca), Calle Calvo Sotelo (Palazuelos), Calle general Mola (Palazuelos),

 Calle capitán Diaz Montada (Palazuelos), Capitán Maján (Palazuelos), Calle comandante Romero Palaz (Palazuelos), general Mola (Palazuelos); plaza del generalísimo (Palazuelos), calle José Antonio (Alcuneza) En muchos casos, las placas de calles con nombres nuevos comparten espacio con las placas antiguas, que no han sido retiradas.

Tordesilos: Calle Alfredo Abella.

 PLACAS FRANQUISTAS EN FACHADAS DE IGLESIAS

Iglesia de Tendilla
Iglesia de Esplegares
Iglesia de Cortes de Tajuña
Iglesia de Balconete

Iglesia de la Cabrera
Iglesia de Cendejas del Padrastro
Iglesia de Casa de Uceda
Iglesia de Chiloeches
Iglesia de Armuña de Tajuña
Iglesia de Valfermoso de Tajuña
Iglesia de Yebra
Iglesia de Pozancos
Iglesia de Galve de Sorbe
Iglesia de Solanillos del Extremo
Iglesia de Valderrebollo
Iglesia de Trijueque
Iglesia de Las Inviernas
Iglesia de El Sotillo
Iglesia de Jadraque
Iglesia de Usanos
Iglesia de Galápagos
Iglesia de Hinojosa
Iglesia de Palazuelos
Iglesia de Guijosa
Iglesia de Iriépal

Iglesia de Albendiego
Iglesia de Yunquera de Henares
Iglesia de Cifuentes
monumento a los Caídos en la carretera de Chiloeches

RELACIÓN DE ELEMENTOS Y SIMBOLOS FRANQUISTAS

PROVINCIA DE TOLEDO (incompleto)

Alcañizo.

-Plaza de Los Caídos y placa en la Iglesia.

Alcaudete: Calle general Moscardó.

Añover del Tajo: Calle Coronel Monasterio, Calle Bandera de Marruecos, Calle Bandera de Castilla, Calle Conde de Mayalde, Calle de los Héroes del Alcázar, general Yagüe

Belvís de la Jara.
-Calle Emilio Santurino. Destacado fascista de la localidad, quemó la

Casa del Pueblo con la intención de que murieran todos los que

estaban en asamblea, que se evitó por el aviso de una vecina.

-Placa en la fachada de la iglesia con el lema “glorieta de los mártires

y caídos”.

Cuerva: Calle Calvo Sotelo, calle general Saliquet, calle del generalisimo, calle general Queipo de Llano, calle general Moscardó, calle general Primo de Rivera, plaza de José Antonio,

Escalonilla: Plaza del Generalísimo

Layos: Calle Defensores del Alcázar, calle General Moscardó, calle general Mola, calle Calvo Sotelo, calle general Mola, calle general Sanjurjo.

Miguel Esteban: Calle general Moscardó, calle Calvo Sotelo, calle José Antonio, calle capitán Cortés, plaza de los Mártires, calle García Morato, Calle General Mola, calle Miguel Primo de Rivera, plaza del Generalísmo, Cruz de los Caidos,

Mora: Monumento a los Caídos. Calle Ángel del Alcázar, calle de los Héroes del Tajo, calle de Ruiz de Alda, Calle Ruiz de Alda

Navahermosa: Calle general Moscardó.


Navalcán

Placa en fachada de la iglesia. Calle Calvo Sotelo, calle José Antonio, Calle Grupo José Antonio,

Ocaña: Avenida del Generalísimo, Avenida de José Antonio, Calle general Moscardó, Calle José Antonio, Calle General Primo de Rivera,

Parrilla: Calle Mártires.

Quintanar de la Orden: Plaza Felipe Villa, Calle Enrique López-Brea, Calle capitán Cortés. plaza Felipe Villa (falangista local y combatiente de la División Azul); y calle Alcalde Enrique López Brea (alcalde en la posguerra, sus informes influyeron en la condena a muerte de muchas personas).  Cruz de los Caídos.

Real de San Vicente: calle generalisimo

Recas: Calle Camilo Alonso Vega, calle de Calvo Sotelo, calle héroes del Alcázar, Calle Licinio de la Fuente, calle general Mola, calle del Generalísimo. Calle General Yagüe, calle general Mola, calle José Antonio.

Santa Cruz del Retamar: Calle del Generalísimo.

Torralba de Oropesa.

-Placa fachada de la iglesia.

Talavera: Calle general Moscardó, calle capitán Cortés, Calle Alférez Provisional, Calle Ángel del Alcázar, Calle Antonio Torres, Calle Banderas de Castilla, calle Conde de Peromoro, calle Emiliano Segovia, calle Emiliano Borrajo, calle Fidel Martín Inés, calle Francisco Redondo, Calle Gregorio de los Ríos, calle Isaac Gabaldón, calle Julio Gómez Gómez, Calle Ramón Corrochano, calle Tercios del Alcázar,

Turleque: Calle capitán Alba, calle Falange, calle tercera Brigada, plza del Generalísimo.

Segurilla: Monumento a los Caídos,

Toledo: Retirada restos del general Moscardó y Milans del Bosch del Alcázar

Yepes: Calle Mártires, Calle Calvo Sotelo

Yunclillos: Calle general Franco, calle general Varela, calle general Mola, plaza de Calvo Sotelo, Travesía de Sancho Dávila, calle Queipo de Llano, calle general Yagüe,

– Nombre de las localidades de Alberche del Caudillo y Llanos del Caudillo.(CR)

Monolitos dedicados a José Antonio que marcan el trayecto de sus restos mortales desde Alicante a El Escorial en 1939: Cementerio de Albacete, Corral de Almaguer (dos monolitos), El Provencio (dos monolitos).


Existen placas dedicadas a “Los Caídos” en numerosas iglesias de la provincia.

RELACIÓN DE ELEMENTOS Y SIMBOLOS FRANQUISTAS

PROVINCIA DE ALBACETE: (incompleto)

Albacete,  Aguila en la fachada de los juzgados, Calle Hermanos Jiménez, calle capitán Cortés, calle general Mola
Balsa de Ves: Plaza de José Antonio

Casas de Lázaro: Calle José Antonio, calle del Generalisimo

Los Cortijos, Calle Capitán Cortés.

Corral-Rubio: plaza del Caudillo, plaza José Antonio,

Elche de la Sierra: Travesía Sanjurjo


Golosalvo: Calle José Antonio, calle del Generalisimo, calle José Antonio

Montealegre del Castillo: Calle generalísimo, calle José Antonio

Montearagón: Calle José Antonio

La Roda: calle Calvo Sotelo; calle García Morato, calle Matías Montero, calle general Dávila, calle general Moscardó, calle general de La Torre, calle general Mola

RELACIÓN DE ELEMENTOS Y SIMBOLOS FRANQUISTAS

PROVINCIA DE CUENCA:

Abia de la Obispalía: Calle de José Antonio

Alcantud; Calle Calvo Sotelo, calle 18 de julio, calle general Fanjul, plaza del Generalisimo.

Almendros: Calle Calvo Sotelo, calle general Mola,

Almonacid del Marquesado: Calle José Antonio,

Arrancacepas: Calle José Antonio

Beteta: Calle Calvo Sotelo


Buendía; Placa Iglesia

Castejón: calle generalísimo, calle general Mola, calle José Antonio,

Fuentes de Pedro Naharro: Monumento franquista a Severiano Silva 

Huete: Calle del Generalísimo.

Horcajo de Santiago. Monolito a José Antonio:  CM -300 https://www.google.com/maps/@39.827347,-3.053493,3a,75.0y,154.72885h,84.05903t/data=!3m4!1e1!3m2!1s3YU5cwdg1KkTb1m1r99vyA!2e0?g_st=aw e

Monreal del Llano: Avenida del Generalísimo, Calle José Antonio,

Palomares del Campo, Placa de Iglesia a los Caídos

El Peral: Plaza del Caudillo

San Lorenzo de la Parrilla. Plaza del Caudillo

Monolito a José Antonio; camino de Madrid https://maps.app.goo.gl/Z58fDbuFbg2knQTB7 nacional 301,, En la Cu 7021 dirección Tribaldos,

 Cu 7021 dirección Tribaldos, https://www.google.com/maps/@39.9668166,-2.913834,3a,75y,190.41h,82.85t/data=!3m6!1e1!3m4!1sDjrWH8W6Ppf0CQ55DC8tRg!2e0!7i16384!8i8192?coh=205409&entry=ttu

Reíllo: Calle del generalisimo, calle teniente Chafe, calle teniente Fernández

Tejadillos: Calle Calvo Sotelo, plaza del Caudillo, Avenida de José Antonio,

Vellisca: calle José Antonio,

Villalpardo: Calle Onésimo Redondo, calle División Azul, calle general Moscardó, calle 18 de julio, Avenida de José Antonio, calle Almirante Carrero Blanco

Villarejo-Periesteban: avenida de José Antonio

Villaescusa de Haro: Plaza de Los Caidos, plaza del Caudillo, calle José Antonio,

Villaverde y Pasaconsol: Calle general Fanjul, calle Calvo Sotelo, calle Francisco Ruiz Jarabo,

Villora: Calle José Antonio

RELACIÓN DE ELEMENTOS Y SIMBOLOS FRANQUISTAS

PROVINCIA DE CIUDAD REAL

Carrizosa; Calle José Antonio,

Fuente del Fresno, Calle Capitán Cortés , calle José Antonio,

Los Ballesteros: calle José Antonio

Los Cortijos: Calle capitán Cortés,

Malagón: Calle general Primo de Rivera

Miguelturra: Calle capitán Cortés

Pozuelo de Calatrava: Calle Calvo Sotelo, calle Muñoz Grandes,

Retuerta del Bullaque: Calle Onésimo Redondo, calle general Sanjurjo,


San Lorenzo de Calatrava: Calle de José Antonio, calle de Calvo Sotelo.

Socuéllamos: calle Generalísimo, calle de García Morato,

Villarta de San Juan: Calle García Morato, calle capitán Cortés, calle de Calvo Sotelo, calle Martinez Anido, calle general Mola, calle general Sanjurjo, calle general Moscardó, calle de Queipo de Llano, calle del 18 de julio,

El Foro por la Memoria de Guadalajara expresa públicamente su pleno apoyo a la lucha del pueblo palestino por su total liberación, exigimos la retirada israelí de todos los territorios ocupados y el cese de la brutal campaña de exterminio en Gaza. Los crímenes cometidos por el gobierno sionista son una infamia contra la humanidad y deben ser juzgados.

Igualmente expresamos nuestro apoyo a la Flotilla de solidaridad con Gaza que ha sido ilegalmente abordada en aguas internacionales y denunciamos la penosa dejación del gobierno de España que ha dejado a Israel cometer tal acto incluso contra buques con bandera española y nacionales propios.

Las concentraciones en apoyo de Palestina son importantes. También en Guadalajara. Consideramos que además de la concentración o las marchas, deben extraerse consecuencias políticas de todo lo que está pasando y debe hacerse abierta y públicamente algo que no se está haciendo desgraciadamente. Otra política exterior exige otra política nacional y no faltan quienes temen que se obtengan precisamente ese tipo de conclusiones.

Concentración en Guadalajara del día 2 de octubre de 2025

Acaba de salir el libro que hemos realizado José Luis Muñoz de Baena y un servidor´. Es una obra colectiva y centrada en el estudio de la relación entre memoria y estado democrático desde un punto de vista crítico, con un aterrizaje concreto en la situación en España y las Américas. Ha sido un trabajo que nos ha llevado tiempo y esfuerzo. No ha sido fácil. Lo ha editado TIRANT Lo Blanc. Haremos presentaciones. Avisaremos.

Los estados democráticos son conquistas históricas de los pueblos, fruto de años de lucha y cambio. La memoria colectiva de esos procesos que llevaron a consolidar sistemas de libertades necesita ser defendida por las autoridades públicas; la memoria histórica colectiva es, en diversos sentidos, tanto un atributo del estado democrático como una necesidad.
En el caso histórico de conflictos, guerras o golpes de estado, los procesos de recuperación posterior de un estado democrático, precisan abordar tanto la memoria como la justicia para poder normalizar y consolidar la situación. Estos procesos de transición han de poder afrontar los desafíos de los lastres del pasado y el reto de recuperar la dignidad democrática colectiva asegurando a la sociedad memoria, justicia y reparación.
Este libro analiza la suerte de la memoria democrática y la lucha por la justicia transicional en el caso español y en otros de países hermanos de las Américas, desde un punto de vista que no elude ni la crítica ni las contradicciones
Pedro A. García Bilbao (URJC)
José Luís Muñoz de Baena (UNED)