Brihuega, una batalla con poesía

BRIHUEGA, UNA BATALLA CON POESÍA

22/03/2020.-   CUANDO las informaciones internacionales se concentran en el coronavirus, es preciso buscar unos temas de conversación más amenos. Y uno puede ser la batalla de Brihuega, sin la trascendencia de otras acciones bélicas decisivas para el devenir de la guerra en España, pero importante porque representó una épica derrota de las tropas italianas fascistas invasoras, y por ello insufló moral en el Ejército Popular de la República. La noticia irritó enormemente a Mussolini, al conocer las pérdidas del material destruido o abandonado en la huida de sus fascistas, y las cuatro mil bajas sufridas en los hombres, muertos, heridos o presos. Su reacción consistió en destituir a todos los altos mandos implicados en la batalla, excepto al general Mario Roatta, que ostentaba el mando supremo de la tropa.

    El épico descalabro conmocionó también a los exgenerales rebeldes, que desconfiaron sobre la capacidad de sus aliados italianos para tomar iniciativas. Por ello ordenaron que la planificación de todas las operaciones militares las hiciera su Estado Mayor, al que quedaban supeditadas las fuerzas de terra italianas, en tanto su aviación pasó a depender de la Legión Cóndor alemana: fue una inmensa deshonra para el Duce italiano, vanamente empeñado en superar al Führer alemán, que contaba con unos estrategas mejor preparados y menos aventureros que sus colegas.

   Por su parte, la Gaceta de la República, número 82, de 23 de marzo de 1937, insertó una orden circular del Ministerio de la Guerra, concediendo el empleo de coronel al teniente coronel de Infantería, diplomado de Estado Mayor, don Vicente Rojo Lluch, uno de los artífices del triunfo alcarreño.

Historia en Guadalajara

    La batalla de Guadalajara se libró inicialmente entre el 8 y el 11 de marzo, en una primera fase de claro dominio por parte de las tropas invasoras italianas. Se inició con una ofensiva del Corpo de Truppe Volontarie, por sus siglas CTV, traducidas por el buen humor español como “Cuánto Te Vas”, al mando del general Roatta, e integrado por 35.000 hombres agrupados en las divisiones Littorio, comandada por Bergonzoli; Camisas Negras, por Rossi; Llamas Negras, por Coppi, y Flechas Negras, por Nuvolari. Les acompañaba la División Soria, de españoles rebeldes, al mando de José Moscardó.

   Aunque las democracias occidentales, partidarias del Acuerdo de No Intervención en España, no se enteraron de la operación, Mussolini envió a sus hombres bien pertrechados. Disponían de 89 tanques, 200 piezas de artillería y 16 cañones antiaéreos. La mayor parte del tiempo no pudieron contar con la protección aérea, debido a la lluvia torrencial que acompañó a la operación, y que también dificultó el avance de las tanquetas, lo que indica la mala planificación de sus responsables, al iniciar las operaciones con una climatología muy adversa.

   Su propósito consistía en tomar Brihuega, de allí dirigirse a Alcalá, y seguir cómodamente hasta Madrid, para ocupar la capital de la Republica, en lo que optimistamente consideraban un paseo triunfal. El día 8 pudo intervenir la aviación, que bombardeó el frente republicano, obligándole a replegarse. El 9 continuó la operación, pero al mediodía llegaron tres batallones de las Brigadas Internacionales, que hicieron retroceder a los italianos hasta los alrededores de Brihuega, y marcaron el nuevo rumbo de la batalla, en lo que sería una victoria final.

Un poeta para la batalla

   Un poeta del pueblo, José Herrera Petere, hijo del general Emilio Herrera, quien llegó a presidir el Gobierno de la República en el exilio, se alistó en el heroico Quinto Regimiento para defender su tierra de los invasores nazifascistas. Volcó su experiencia bélica en numerosos escritos en verso y en prosa, que le merecieron de inmediato premios, y para la posteridad un lugar destacado en la literatura contemporánea. Por ser nacido en Guadalajara se sintió involucrado especialmente en la batalla de Brihuega, y dedicó un poema, “Aire, tú”, a cantar aquella gesta:

Aire, tú, vendaval frío

sobre Trijueque y Brihuega; 

grandes combates se riñen

sobre la tierra alcarreña;

tierra aplastada de siglos,

triste tierra soñolienta,

donde ahora, como un potro,

brinca y rebrinca la guerra,

respirando negros humos,

bebiendo cólera negra,

coceando parapetos,

mordiendo trozos de tierra.

   La verdad es que no fueron muy grandes los combates en su tierra, pero él los sintió muy vivamente. El triunfo final fue obra del Ejército del Centro, formado por 20.000 hombres, con 70 tanques de fabricación soviéticos T-26, y artillería pesada. Al frente de la XI División estaba Enrique Líster, y de la XII el coronel Víctor Lacalle. Contaban con un escuadrón de Caballería, cuatro batallones de Fortificación y una compañía de Transmisiones. Reorganizados enseguida, se enfrentaron valerosamente a los italianos, de modo que a partir del día 12 la situación cambió por completo.

Tomada por asalto

   Al recuperar la iniciativa el Ejército leal, lo que en un principio pudo parecer una derrota se convirtió durante los días siguientes en una sucesión de aciertos, hasta llegar al día 18, cuando la División de Líster liberaba a Brihuega, entre el alborozo de los habitantes que sufrieron la ocupación de la barbarie fascista: al entrar en el pueblo habían fusilado a 22 mujeres en el lavadero, y continuaron después cometiendo toda suerte de tropelías. Por eso la victoria del Ejército Popular significó una liberación de infierno para aquellas gentes atemorizadas. La crónica de esa hazaña la narró épicamente Fabián Vidal, en el diario barcelonés La Vanguardia el 24 de marzo, en su página 5:

   El tiempo seguía infernal. Parecía que el cielo se convertía en agua. Sin embargo, a las 9 de la noche del jueves 18 de marzo –al cumplirse los ocho meses de la rebelión— Brihuega era tomada por asalto. De los cerros inmediatos se habían descolgado nuestros hombres, blandiendo sus fusiles, empujando sus cañones, transportando sus ametralladoras, arrojando sus bombas de mano. Y bajo la lluvia huían a la desbandada por la carretera, por los caminos y veredas próximas, en demanda de la suspirada Sigüenza, los soldados de Mussolini, del mismo Mussolini que días antes, desde el “Pola”, navegando hacia Libia, los felicitaba por su triunfo.  

   El Ejército Popular de la República había derrotado a orillas del Jarama y el Tajuña a las tropas nazis alemanas consideradas las más poderosas del mundo, como por armamento efectivamente lo eran, y aquí, en Brihuega, escapaban asustados y mojados los voluntarios fascistas italianos, que si no les igualaban en cuanto al utillaje los superaban en bravuconería. Los milicianos defendían la libertad de su tierra con bravura, sin importarles la lluvia ni la artillería del enemigo. Para todos Madrid era un ejemplo a imitar. Y Herrera Petere pudo concluir así su canto épico:   

Cuando pases por Trijueque,

aire de la primavera,

aire, tú, aire de monte,

mira bien la roja tierra;

a España podrás contar

después muy felices nuevas.

   El 21 de marzo de 1937 se dio por concluida la batalla de Brihuega. El mismo día llegó Ernest Hemingway, como corresponsal de guerra, que pudo presenciar el resultado feliz para el Ejército Popular. Los invasores italianos quedaron desmoralizados y desprestigiados, en tanto los milicianos celebraban aquel triunfo como señal de una victoria segura. Por el momento Madrid se había salvado. Y las democracias occidentales continuaron sin querer enterarse de que la República Española estaba asediada por los países totalitarios. Les costaría cara su cobardía.

ARTURO DEL VILLAR

PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Agradecimientos: Arturo del Villar, Rose-Marie Serrano

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