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Fin de las labores de exhumación en La Toba, y homenaje a Severiano Clemente González

Federación Estatal de Foros por la Memoria, – 8 agosto 2011

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Fin de las labores de exhumación en La Toba y homenaje a Severiano Clemente González, y a todas las vícitmas del franquismo.

Celebrado en La Toba (Guadalajara), el domingo 7 de agosto de 2011

 

Reproducimos por su interés, esta entrevista publicado en EL DECANO DE GUADALAJARA: El libro está lamentablemente agotado, pero preparamos su reedición corregida y ampliada para este año 2012.

EL DECANO DE GUADALAJARA Texto de Raul Conde Suárez. 21 de enero de 2011.

Después de tres años de trabajo, P. Carlos Paramio y los hermanos García Bilbao, fundadores del Foro por la Memoria en Guadalajara, publican «La represión franquista en Guadalajara» (Ediciones Silente, 635 págs.). Se trata de un extraordinario estudio que ha logrado que Guadalajara deje de ser una de las dos provincias en las que no se había hecho un ensayo a fondo sobre ese periodo. Ahora ya solo queda Cuenca. El volumen acumula muchos méritos, pero sobresalen dos: El primero, firmar la primera investigación completa, detallada y rigurosa de la represión franquista en Guadalajara; el segundo es haber puesto, de forma contrastada, nombres y apellidos a las más de 6.230 víctimas en la provincia de ese proceso infame de humillación del régimen ilegal salido tras la Guerra Civil. La investigación no solo aborda la Posguerra y la Dictadura, cuando el Franquismo creó todo un aparato judicial destinado a perseguir a los vencidos, sino que también rastrea las ejecuciones y los «paseos» extrajudiciales que se produjeron durante la contienda. El libro se apoya en abundantes fuentes documentales, en el rastreo sagaz de archivos y sentencias y en las palabras de decenas de testimonios. La obra es ya una referencia imprescindible para conocer el pasado reciente de nuestra provincia .

Cuando a finales de 2007, los hermanos Pedro A. y Xulio García Bilbao decidieron fundar el Foro por la Memoria de Guadalajara, centrado en la investigación de la memoria histórica, se dieron cuenta de que para llevar a cabo su labor necesitaban conocer todos los datos de la represión franquista en Guadalajara. Es ahí cuando comenzó el proyecto que ahora ha cuajado en un impresionante volumen, titulado «La represión franquista en Guadalajara», de más de seiscientas páginas. «No existía ningún estudio completo de este tipo. Había algunos previos, como sobre la represión contra el magisterio, pero no existía ningún trabajo íntegro. Decidimos empezar a investigar utilizando diversas fuentes», apuntan sus autores, los hermanos García Bilbao y el investigador P. Carlos Paramio Roca. El dato más importante que arroja el libro es el número total de represaliados en la provincia de Guadalajara, cifra que los autores elevan a 6.230 personas. En todo caso, precisan que «este es el mínimo que aparece demostrado porque, a raíz de la publicación, teníamos ya varios centenares de nombres más contrastados». Cada dato que aparece en el libro está confirmado y corroborado con documentos de la época.

El volumen recoge una relación de cada víctima, una a una, en la que consta, además de sus datos personales, su filiación política o sindical, su origen, la condena o delito que sufrió y la causa por la que fue juzgado, entre otros parámetros. Según Xulio García Bilbao, «las sentencias están cuajadas de errores. Por ejemplo, si una persona era conductor de autobús, pues a lo mejor le asignaban que era mécanico, y luego nos han llamado sus familiares para corregirlo. En las sentencias se simplificaba. Luego había personas a las que se les asignaba una asignación política que no tenían». Uno de los errores más llamativos fue que, a la esposa del secretario general del PCE en Guadalajara, Vicente Relaño, le adjudicaron que era militante de las Juventudes Libertarias, lo cual resultaba absurdo porque era de las Juventudes Socialistas Unificadas, del PCE. «El régimen franquista gastó una cantidad enorme de dinero público para forzar una represión contra los vencidos en la Guerra Civil y, a pesar de eso, sus sentencias, si es que se le puede llamar sentencias a eso, estaban cuajadas de errores. No eran tribunales legales ni legítimos y no tenían garantías jurídicas de ningún tipo».

Distinguen varias fases de la represión. La primera comienza en la zona ocupada y en Sigüenza se llegan a contabilizar hasta 200 víctimas mortales en manos de los rebeldes, aunque el periodista Jaime Desprée lo eleva a 500.

-Nuestro libro está hecho con el objetivo de reflejar muertes documentadas claramente y personas que fueron represaliadas en forma de sentencia, que pasaron dos o tres meses o más en la cárcel. De la zona de Sigüenza no hay demasiado en el libro porque no es una monografía y exige un estudio en detalle, y cuando se haga la reedición añadiremos más datos nuevos añadiendo más nombres y apellidos a las víctimas de la represión. Hablamos de un estudio general de Guadalajara. Las cifras de Desprée son orientativas, ofrece una visión general de las cifras de unos y otros.

-Pero más allá de las cifras, en ese momento inicial de la represión, ¿qué ocurrió no solo en la capital sino en los pueblos de la provincia? La investigación indica múltiples «paseos y ejecuciones extrajudiciales».

-Una de las cosas que se han descubierto es que hay un momento de la represión en Guadalajara que es el retorno de la guerra. En Guadalajara hay muchísimos asesinatos extrajudiciales, muchos «paseos» al volver del frente. Cuando acaban las hostilidades, entonces se empieza a producir la represión que no se pudo ejercer al principio precisamente porque el golpe fracasó en Guadalajara. Hay muchas personas que regresan a su pueblo al final de la guerra, después de estar evacuados o refugiados o como soldados, y a los que les asesinan al volver. Hay muchos datos en el Alto Tajo, sobre todo en las zonas de Guadalajara que estaban ocupadas. No tenemos constancia documental de todos esos asesinatos, pero se están investigando.

– Por eso dicen en el libro que la represión no fue consecuencia de la guerra, sino que la guerra solamente la retrasó.

– Efectivamente, nosotros consideramos que la represión contra los defensores de la legalidad republicana ya estaba prevista y que la guerra lo único que hizo fue retrasarla.Y se produjo en las zonas conforme iban siendo ocupadas por los rebeldes. Respecto a la represión extrajudicial, de la cual no hay documentos, en el libro aparecen ya reflejados 43 casos, pero tenemos ya al menos 20 más que podrían citarse, más las cifras de Sigüenza, donde creemos que hubo alrededor de 100 víctimas.

Multas, embargos, palizas, cárcel…

Tras la guerra, comenzó una represión si cabe más dura aún mediante ejecuciones arbitrarias aplicando la ley de fugas. El Franquismo articuló esta sed de venganza a través de una legislación hecha ad hoc. Por ejemplo, con normas como la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo o la Ley de Responsabilidades Políticas. Según los autores de la investigación, todas las personas tuvieron que pasar por un tamiz muy pequeño, que incluía varias fases. Primero se producía una auditoría de guerra, que pasaba por un tribunal militar. En Guadalajara capital estos tribunales ocuparon varios edificios como el Palacio de la Diputación, donde se juzgaba a las personalidades importantes, o el Palacio de la Cotilla. Ahí se condenaban a penas de prisión o de muerte a todas las personas que se habían enfrentado a la rebelión militar de los golpistas en 1936. Después de ejecutar esa sentencia, se pasaba por otra instancia, que era el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas. Allí se dilucidaban las «responsabilidades políticas» de estas personas, que básicamente estaban al amparo de una legislación especial que crea el propio Franquismo.

Las formas que utilizaron los vencedores para reprimir a los vencidos iban desde multas económicas al embargo de bienes, pasando por las palizas físicas y el encarcelamiento. Para Pedro A. García Bilbao, las leyes franquistas pretendían legalizar los expolios que ya se habían cometido. «Se trataba además de extender el terror a las propias familias porque estos tribunales imponían multas desproporcionadas». Por ejemplo, al que era alcalde de Guadalajara cuando estalla la guerra, Antonio Cañadas Ortega, le imponen de multa 14.000 pesetas del año 39. Como no pudo pagar, todos sus bienes le fueron embargados. «De esa manera se siembra el miedo para que nadie se mueva. A partir de 1947 el Régimen crea una comisión liquidadora de estas responsabilidades políticas porque se dan cuenta de que el aparato judicial que ha creado es tan descomunal que tienen que quitarse causas porque ya no pueden seguir. Además, la España franquista estaba ya en una nueva fase».

Un caso paradigmático fue el de Francisco Gómez García, presidente de la Casa del Pueblo de Sigüenza, que fue asesinado por los sublevados a pesar de haber obtenido el apoyo del alcalde derechista, Gerardo Sánchez. La delación y las venganzas personales fueron todavía más pertinaces en los pueblos. «La represión se produjo a todos los niveles. No solo necesitó de los jueces como verdugos. También necesitó a pequeños verdugos, y de esos se dan muchos en los pueblos. Se facilita la delación, son aceptados rumores como pruebas en las sentencias… Hay cosas que si no fueran porque conducen a personas a penas de cárcel o de muerte, pues darían risa», subrayan los autores del libro. El hecho de que Guadalajara fuera una provincia agraria y con muchos pueblos facilitó las delaciones. Los hermanos García Bilbao subrayan que «aunque es cierto que existían las rencillas a nivel personal, lo terrible es que haya un régimen político que fomente la delación, que las ampare y que incluso las premie. Hay personas que son familiares directos de personas asesinadas en la retaguardia republicana que, al cambiar el régimen, son situadas por el propio régimen en puestos notables incluso de la represión».

– Buscaban no solo la aniquilación física, sino moral. Buscaban humillar a los vencidos.

-Sí, esta investigación demuestra que al alcanzar una intensidad tan tremenda en la represión, pues resulta bastante claro que ésta formaba parte de un proyecto criminal.

– En el libro citan las palabras del general García Pruneda, quien en un banquete en Alcalá llegó a decir: «Guadalajara no la piso yo mientras no me lo ordene el generalísimo. Así como existen poblaciones a las que hay quepremiar por su conducta heroica y ejemplar, a Guadalajara hay que castigarla y si estuviera en mis manos la destruiría. De cinco vecinos que quedan, cuatro son rojos y el otro dudoso». ¿Tenía especial inquina el régimen por Guadalajara, teniendo en cuenta el apoyo que la provincia prestó a la República?

– No se puede decir que hubiera una especial inquina. En Burgos, por ejemplo, la intensidad de la represión fue mayor, hubo más muertos. O en Logroño o Valladolid. Los datos en Guadalajara demuestran que la represión era un plan a aplicar a toda España y cada provincia lo vivió de una manera especial. Lo que sí demuestra es que en Guadalajara la represión fue algo superior a la media, es decir, sufre mucho porque, sobre todo, el tejido social era más débil. La población era menor que en otras provincias, alrededor de 200.000 habitantes, y hablamos de que un 3,2 por ciento de la población de la provincia después de la Guerra, que era de unos 200.000 habitantes, fue represaliada, lo cual supone una barbaridad. Guadalajara no tenía un estudio provincial de la represión, ya solamente falta Cuenca de toda España. Del resto de provincias hay ya estudio. En Guadalajara empezamos a conocer las dimensiones de ese plan de aniquilación. Porque el problema no solo es la gente que muere, son los que sobreviven y a los que les quitan su forma de vida, les dejan en la calle… Hay una Guadalajara antes y espués de la represión franquista. La clase media sufrió un golpe brutal y dañó especialmente al campo. Hay cientos de alcaldes y concejales que fueron represaliados, hay más de 229 concejales procesados, o sea, que pasaron todos por la cárcel. Hay momentos en Guadalajara capital en los que se habilitan cárceles para 5.000 presos.

822 ejecuciones en la capital.

En el caso de Guadalajara capital, en el cementerio municipal y en la prisión la investigación plasmada en el libro confirma que hubo 822 ejecuciones (809 hombres y 13 mujeres). La cifra no está cerrada, pero casi. Faltaría saber el número de los «paseados», es decir, de los asesinados por las buenas. Además, los fallecimientos en prisión constituyen una parte importante de las víctimas totales. Las condiciones que tenían los presos en la Prisión Central de Guadalajara (la que aún hoy está en la calle Virgen del Amparo) eran deleznables.

Paramio y Pedro A. y Xulio García Bilbao han constatado que 143 personas murieron víctimas de hambre y de malos tratos en la prisión de Guadalajara. A ellos habría que sumar los guadalajareños que murieron en otras cárceles españolas, en total, 202. Para rastrear estos datos, los historiadores se han servido de los certificados de defunción y auscultando las patologías de muerte, que están en función de la edad y la situación que padece. «Es una proporción de muertos muy alta -recalcan- y que solo se explica porque el régimen de internamiento estaba cercano a la inanición. La fotografía que podemos ver de las cárceles es que, si no había un apoyo externo, es decir, si los presos no tenían familia y no tenían recursos, el régimen de vida carcelario condenaba a muerte por enfermedad o por inanición». Estas mismas condiciones de internamiento, durante la 2ª Guerra Mundial, eran consideradas crímenes de guerra. Así, literalmente. Son víctimas directas de la represión porque los presos sometidos a un régimen que no les garantiza la supervivencia en prisión son personas que se van agotando lentamente.

Otra forma de represión, muy cruel, fueron las «sacas». Los presos eran trasladados a los cementerios y allí eran asesinados. Por «sacas», según García Bilbao, se entiende el listado de personas que iban incluidas en una orden de ejecución, era una cuota de fusilamientos para un determinado día que se expresaba en una orden escrita. Las personas eran trasladadas en un camión, sacadas y ejecutadas en el día. Las «sacas» se llevaron por delante a destacados hombres del periodo republicano en Guadalajara como Marcelino Martín, Enrique Riaza, Antonio Cañadas Ortego, Vicente Relaño o Gregorio Tobajas. Muchos de ellos después de recibir palizas y torturas. «El régimen amparaba esas venganzas personales y había personas de Guadalajara que subían frecuentemente a la cárcel a dar palizas a presos, a desahogarse podríamos decir».

Me ha parecido muy significativa la entereza que demostró Cañadas, el alcalde de Guadalajara, cuando a través de varias cartas desde la cárcel le comunica a su familia que está recibiendo palizas pero les pide que no se tomen ninguna represalia.

-Sí, sobre todo teniendo en cuenta que esas cartas están escritas en unos momentos en que Antonio Cañadas está recibiendo palizas y sufriendo un castigo físico. Y bueno, también el papel hipócrita del nacionalcatolicismo respecto a todo esto, que no se preocupa por la salud de sus presos o porque las torturas se produzcan, o porque sus ejecuciones sean injustas. Busca su salvación espiritual, pero no hace nada en absoluto por el maltrato que sufren.

– Califican los consejos de guerra de «surrealismo jurídico».

-Totalmente. Es la justicia al revés. Se aplica el código de justicia militar a civiles, lo cual era ilegítimo según la legislación republicana, y se les juzga por «auxilio a la rebelión» a personas que lo que hacen no es rebelarse, sino enfrentarse a una rebelión militar. Es decir, los que se rebelan contra un Gobierno legítimo son los que acusan de rebelión a los que se enfrentan a ellos. Es surrealista. Adjudican a un abogado, militar normalmente, y no es fácil distinguirle porque prácticamente decían lo mismo que el fiscal en cada  proceso. A veces, el abogado conocía a su propio defensor en la propia sala o cinco minutos antes. No podían preparar ningún tipo de defensa. Eso no eran juicios.

– Parece mentira, conociendo todo esto, las dificultades del Estado para declarar la nulidad de toda aquella tramoya judicial.

-Se deberían declarar nulas todas estas sentencias, por una sencilla razón. Eran nulos los tribunales, no tenían legitimad para actuar. Por tanto, todas las sentencias que emitieron son ilegítimas, y además saltándose principios básicos del derecho. El hecho de que, a día de hoy, las sentencias parajudiciales del Franquismo, es decir, que tienen apariencia judicial, sigan teniendo acta legal en la Democracia nos parece un insulto. A nosotros se nos antojan actas de un crimen. La Ley de Amnistía de 1977 lo que hizo fue perdonar esos delitos, les sigue considerando culpables pero les perdona. Una ley, por cierto, que ha sido denunciada por Naciones Unidas y que se ha pedido al Gobierno español que la declare ilegítima.

Represaliados por los nazis.

El estudio editado por Silente aborda también los guadalajareños represaliados por los nazis. Los autores aseguran que es un aspecto que sorprende mucho. A su juicio, «la Guadalajara oficial ha olvidado lo que fue la deportación a los campos nazis de sus paisanos». Y recuerdan especialmente a Manuel Razola, que pertenecía a una familia muy conocida en la ciudad. Cuando este hombre regresa del exilio, en 1977, escribió uno de los mejores libros que se ha hecho sobre la deportación de los españoles a los campos nazis, titulado «Triángulo azul». «Bueno, pues no hubo un lugar para Razola en la vida social y civil de Guadalajara. Era una presencia incómoda. La realidad de la Transición es que los supervivientes de los campos nazis eran incómodos en la Democracia para las autoridades de la provincia. No había un lugar para ellos. No se podía explicar aquello. Los hemos puesto en el libro, entre otras cosas, porque también son víctimas de la represión franquista». Sobre todo, porque fue el Gobierno de Franco el que autorizó su deportación a la Alemania de Hitler. «Es importante que se sepan sus nombres. Aquí hubo mucho folclorismo con la División Azul, que se presentó como ayuda humanitaria y no se ha dicho nada de estas víctimas».

La principal dificultad que se han encontrado los historiadores para hacer frente a su trabajo ha sido tanto el volumen de datos o de cifras como las trabas para acceder a los registros y otras fuentes. Ambas cosas. Incluso en los propios archivos que han podido consultar, en muchas ocasiones, se encontraron con que esos documentos, pasados setenta años, están en pésimo estado. Había sentencias que apenas se podían leer. Su labor ha sido ímproba, detallada y rigurosa. Sin embargo, rezongan de los obstáculos con los que se han topado en la Administración. El Registro Civil de Guadalajara, por ejemplo, no lo han podido consultar por «silencio administrativo del propio Registro, que no nos ha dado respuesta a nuestra solicitud», aunque finalmente lo pudieron cotejar porque antes ya lo habían hecho otras personas. Sin embargo, el Registro de Sigüenza todavía no lo han podido ver porque la juez les negó el acceso.

– ¿Por qué Guadalajara fue siempre, como recuerda en el prólogo la historiadora Mirta Núñez Díaz-Balart, la zona «gris» del mapa de la represión?

– Porque era la provincia donde no había datos, ninguna investigación completa ni sabíamos lo que había pasado. Había un pasado oculto que había que desvelar, este libro abre una ventana para poder seguir conociendo esa verdad. No tiene toda la información, en parte porque ya han pasado demasiados años y nunca lo sabremos todo, pero sí está hecho con todo rigor académico e histórico, y todos los datos que aparecen reflejados están contrastados. El libro ha tenido una cierta repercusión y ha sido el más vendido en 2010 en Guadalajara. Desde que se ha publicado, el número de datos se ha disparado y hay muchas personas que se han puesto en contacto con nosotros para aportar algunos nuevos o corregir otros. Tenemos casi 300 nombres más. Y hemos descubierto el impacto en la gente de la represión. Encuentran consuelo en las listas y los padres aprovechan para enseñar a los nietos que en el libro aparecen sus familiares. Ese simple hecho se está convirtiendo en una catarsis familiar, en un acto de reparación.

– En el libro también hablan de la violencia izquierdista, que también la hubo, amparada en una supuesta «justicia revolucionaria». ¿Cómo se organizó?

– Son dos violencias distintas. Este libro demuestra, entre otras cosas, que tiene fecha de caducidad y es fruto de quienes provocaron el golpe militar. La desaparición del Estado, que se tardó en recuperar varios meses por parte del Gobierno republicano, es lo que provocó que el poder coercitivo de las fuerzas de seguridad no existiera para impedir esos asesinatos. Unos asesinatos que la propia República consideró como tales y que intentó perseguir. Además, por otra parte, habría que distinguir entre represión republicana y vulgares asesinatos. En la zona «nacional», aunque se dan los casos de «paseos», en ningún caso son considerados como tales.

– Después de finalizar la investigación, ¿qué les dirían a aquellos que siguen sosteniendo que los estudiosos de la represión franquista se dedican a remover los muertos?

– Les diría que lo único que hemos hecho es mostrar una parte del pasado que estaba oculto, una parte de la historia de Guadalajara y demostrar que aquí hubo un régimen criminal que aterrorizó a la población durante muchísimos años. La otra parte, la de las personas que fueron asesinadas en la retaguardia republicana, sí se conocía y desde 1944 ya existían cifras y publicaciones. Pero a fecha de 2011 todavía no sabemos el número de víctimas de la represión franquista en la provincia. Además, las personas que sufrieron la represión republicana pudieron mitigar su dolor con ayudas de todo tipo y pudieron exhumar los restos con ayudas institucionales desde 1940. En cambio, los vencidos y sus familiares constituyeron una casta inferior de personas que fueron discriminadas y perseguidas. Esas heridas, en muchos casos, siguen abiertas, pero para poder pasar página hay que saber lo que pone en ella.

Agradecimientos: Raúl Conde Suárez. Conchi Balenzategui

Multado después de fusilado

El País, 22/11/2010 – 22 noviembre 2010

Un libro destapa las terribles historias de la represión franquista en Guadalajara

NATALIA JUNQUERA – Madrid –

“A mi padre lo fusilaron el 20 de junio de 1939 y después le pusieron una multa de 14.000 pesetas [84 euros] por responsabilidades políticas. Como no las teníamos, nos embargaron. Vinieron a casa y se lo llevaron todo. Con la colcha de novia de mi madre hicieron un palio para el cura; rasgaron los colchones por si teníamos dinero. Nos dejaron en la calle. Yo tenía nueve años, pero no se me olvidará en la vida”, cuenta Emilia Cañadas, que ahora suma 82. La de su padre, Antonio, alcalde de Guadalajara al inicio de la Guerra Civil, es solo una de las terribles historias recogidas en La represión franquista en Guadalajara (Ediciones Silente). Sus autores, Pedro y Xulio García Bilbao y Carlos Paramio Roca, querían rellenar un hueco en el mapa de la represión en el que Guadalajara aparecía como zona gris, sin datos. El resultado es un abrumador volumen de 635 páginas, de las que 490 corresponden al listado de 6.230 represaliados (fusilados, encarcelados, expoliados, perseguidos) allí por el franquismo.

El libro no olvida los desmanes de los “elementos de izquierda” en los primeros días de la sublevación militar, como el asesinato del comandante Rafael Ortiz de Zárate, el primer oficial fusilado por los milicianos. También cuenta, entre otras, la historia de Vicente Relaño, secretario general del PCE en Guadalajara, quien denunció y expulsó del partido a los responsables de una checa, salvó a ocho personas de derechas y fue asesinado en 1943 pese a los avales que todos ellos habían redactado en su favor. O la de Francisco Gómez García, presidente de la Casa del Pueblo, que sustituyó al presidente de UGT asesinado por falangistas el 13 de julio de 1936: salvó al alcalde derechista Gerardo Sánchez de las milicias del POUM, y pese a ello también fue fusilado en 1941.

El volumen recoge testimonios estremecedores -”vi a una amiga mía que tendría entonces 16 o 17 años llevando uno de sus pies en la mano y andando a la pata coja. Se había quitado la blusa para taparse el muñón del pie”- y cifras que hablan por sí solas: 822 ejecutados entre 1939 y 1944, la mayoría entre los 25 y 33 años y campesinos (66,67%).

Son las historias de las víctimas republicanas en la provincia, cuyo relato y recuento no se había hecho hasta ahora, a diferencia de las franquistas, que ya en 1944 aparecían en el estudio Víctimas asesinadas en la provincia de Guadalajara durante la dominación roja.

Ver:

http://silente.eu/catalog/product_info.php?products_id=146&osCsid=gi1pa09aqsds07o3u3umfm60c3

http://www.elpais.com/articulo/espana/Multado/despues/fusilado/elpepiesp/20101122elpepinac_8/Tes

Un memorial del horror: Un libro registra más de 6.200 casos de cárcel y ejecución franquista en la provincia

El Día de Guadalajara, – 6 noviembre 2010

Un momento de la presentación

R.M.

El Foro por la Memoria de Guadalajara presentó el jueves 4 de noviembre de 2010, ante un Salón de Actos de la Biblioteca de Dávalos abarrotado, el estudio más completo sobre la represión franquista en Guadalajara. El libro redescubre lo ocurrido durante la guerra y los años de sangrienta reacción de la dictadura contra los republicanos y desenmascara la aplicación, a menudo kafkiana, de la justicia franquista. Asistentes al acto de presentación dieron testimonio de lo sucedido con algunos de sus familiares.

La obra más completa de la represión franquista en Guadalajara está incompleta. El libro ‘La represión franquista en Guadalajara’, escrito por Carlos Paranio, Xulio García Bilbao y Pedro A. García Bilbao y publicado por Ediciones Silente detalla por vez primera 6.230 casos de cárcel y ejecución. Con nombres y apellidos. Cada línea cubre el espacio en blanco de más de setenta años de desmemoria. Detrás de cada letra resuena un disparo en la tapia de un cementerio, la lectura de una condena en un sumario kafkiano, el borrón y cuenta nueva de un régimen que no se conformó con ganar la guerra y mantuvo por mucho tiempo la “mecánica del terror”, según denuncia la investigación. Pero los casos anotados son sólo una parte: apenas un 3%, según los autores.

El libro recién nacido fue presentado el jueves ante un centenar de personas que abarrotó el Salón de Actos de la Biblioteca de Dávalos de la capital. La obra es fruto de un trabajo de investigación de tres años: en los archivos, entre papeles de sentencias “que a veces están podridos”; de lectura de testimonios directos de quienes no olvidan; de pioneros en la recuperación de la memoria, como algunos militantes socialistas o comunistas anónimos que dieron cuenta de lo que veían en las cárceles en las que fueron encerrados. Los más de 6.300 casos de los que se tiene constancia son los más trágicos –muerte o prisión–, y por eso se ha comenzado por ahí, pero quedan otras historias de la represión: la dura vida que esperaba a las viudas, la infancia infeliz de los ‘niños rojos’, las vejaciones a los maestros… Paranio y los hermanos García Bilbao han publicado un estudio exhaustivo, con fotografías históricas cedidas por familiares, retratos de más de treinta fusilados, mapas de localización y, sobre todo, una segunda parte que apabulla: decenas de páginas con los nombres de los represaliados.

Pedro García Bilbao y Mirta Núñez

El libro presentado en Dávalos no se reivindica como ajuste de cuentas ni como la historia de los vencidos contra los vencedores, de los rojos contra los nacionales, de las izquierdas contra las derechas. O no sólo quiere ser eso. Ante todo, intenta poner rostro a otra gran pérdida, encarnada en tantas pérdidas personales: la democracia frente a la dictadura. “Con la recuperación de la memoria no sólo está en juego la dignidad de las víctimas, sino la  del estado democrático”, dicen los autores. “La línea de fractura es entre ser demócrata o no”. Esta fractura sigue sin soldar: las condenas del Franquismo siguen siendo legales hoy, denuncian las mismas voces. “Esos tribunales deben ser declarados nulos. Si lo han hecho en Alemania, ¿por qué nosotros no?”, se pregunta con vehemencia el presidente del Foro por la Memoria, Pedro A. García Bilbao.

Las caras del dolor

Durante el turno de palabras en el acto de Dávalos se puso cara a muchos de estos nombres. Revivió el teniente Rubio, fiel al Gobierno democrático. “¡En público lo mataron y yo desde Francisco Aritio lo vi todo!”, exclamó un anciano que apenas tenía diez años durante la guerra. “Le fusilaron con banda de música”, añadió uno de los escritores. También hubo un recuerdo para el cifontino José Serrano, amigo de Azaña y fundador de la Casa de Guadalajara en Madrid, fusilado en el cementerio Este de la capital española, como otros 65 guadalajareños que acabaron sus días en el mismo escenario donde caía hasta un centenar de personas cada día. También está en el libro Gregorio Tobajas, presidente de la Diputación, ‘ajusticiado’ por republicano. Y Teodoro Palomera, el último alcalde republicano de Sayatón, sometido a un consejo de guerra que decidió su ejecución: su nieta, documentalista de la Universidad Complutense, ha tardado casi diez años en acceder a los documentos originales para saber un poco más sobre lo ocurrido con su abuelo.

Más recuerdos de familias rotas: Emilia es hija del último alcalde de Guadalajara durante la II República, Antonio Cañadas. Tomó la palabra en el acto de Dávalos. Su padre fue condenado a garrote vil, aunque en los documentos figura un indulto de Franco. Jamás volvió a casa, porque le fusilaron. “Le responsabilizaron de la matanza de la cárcel”, dijo el jueves su hija, en alusión a un episodio también terrible protagonizado por elementos revolucionarios. “Era mentira”, asegura ella, como también exclamó desde la primera fila un testigo directo de aquellos días. “Mi padre nos escribió de su puño y letra, nos contaba lo que le hacían en la cárcel, que lo apaleaban”. Hubo una última nota: “Son las cinco de la mañana. Ya me sacan. Muero siendo inocente”. ¿Su delito? Ser alcalde de la ciudad en un régimen democrático. Como Irízar y Bris, como Alique y Román, pero hace setenta años. ¿Pudo haber más desgracia para su familia? Sí, prosigue Emilia. “A nosotros nos pusieron en la calle. Nos embargaron hasta las camas”.

Los autores y la prologista, durante la presentación

En el acto de presentación, muy emotivo, hubo más nombres que saltaron a escena, como Manuel Razola, uno de los pioneros en la recuperación de la memoria histórica. Deportado en Mauthausen, escribió ‘El triángulo azul’. Sobrevivió y cuando volvió de Francia al caer el Franquismo se sorprendió del “gran vacío” o el gran silencio mantenido también durante la Transición en su tierra. “No había lugar para los deportados”, recuerda Pedro A. García Bilbao.

Algunos nombres

Rubio, Serrano, Palomera, Tobajas, Razola… la lista de guadalajareños represaliados es interminable: sólo en el cementerio de la capital se sitúa el final de 822 vidas.

Hay sumarios relatados en el libro que parecieran sacados de un festival de humor negro. A Gabriela, de Robledo de Corpes, la juzgaron las autoridades por ideología de izquierdas, su supuesta huida a zona roja y su aún más que supuesto regreso a la nacional para hacer “espionaje”, después de que matasen a su marido. Acabada la guerra, se la juzga, aunque en realidad está “desaparecida”. Y se la condena. En el momento de emitirse la sentencia, llevaba ya cinco años muerta, tras ser ejecutada en Atienza.

El caso de esta mujer representa, como otros incluidos en el libro, el funcionamiento de una justicia franquista que también condenó a Dionisio, de Salmerón, después de ser asesinado a golpes días después de que se declarase ‘la paz’; o de Remilgio, condenado a nueve años de destierro en África por propaganda en las elecciones de 1936, cuando en ese momento ya se encontraba deportado en el campo de concentración de Mauthausen. Sufrieron la Ley de Responsabilidades Políticas en una provincia donde fueron condenadas más de 2.000 personas tras celebrarse juicios sin garantías.

Un nombre encarna la tragedia como pocos: Ortiz de Zárate. No es el Ortíz de Zárate que aparece en el callejero, que participó en la intentona golpista de Sanjurjo y que luego fue una pieza clave en el 18 de julio en Guadalajara, sino su hermano, el comandante Rafael, que se mantuvo en las filas del régimen democrático. Apresado después, en prisión inició un registro de compañeros a quienes les quitaban la vida. En el número 1.100 se detuvo. El siguiente fue él. “Setenta años después, hay un recuerdo institucional para su hermano, que creyó que un golpe era una buena solución”, se indigna Pedro A. García Bilbao. Para el comandante Rafael, “que no da nombre a un hospital, ni a una calle, ni a un grupo escolar, olvidado de la faz de la historia, pero leal a la democracia”, sólo quedó el vacío.

“Una zona gris”

“Nos habían dicho que aquí nunca había pasado nada, y pasaron muchas cosas”, alza la voz Carlos Paramio. Hubo muerte y hubo prisión. Aunque se había abordado ya algún estudio anterior, la dimensión de la investigación que ahora da a conocer el Foro de la Memoria provoca una sacudida sin precedentes en la interpretación de la historia de la provincia, por sus cifras y por los métodos que revela. “Guadalajara era una zona gris, sin datos” en el abordaje de lo ocurrido durante la contienda y la Dictadura. “No sabíamos qué demonios había ocurrido”.

¿A qué respondió la intensidad de la represión? Una teoría extendida ubica la reacción franquista como la contestación del bando vencedor a los horrores que cometió también el bando derrotado. Sin embargo, los investigadores del Foro por la Memoria de Guadalajara defienden con insistencia la existencia de “una mecánica del terror” que sobrepasa los límites de la contienda, que respondería a “un plan de exterminio incluso antes de la sublevación” y que se habría aplicado con la misma o similar intensidad también en las provincias en las que ni siquiera hubo guerra civil y, por tanto, la revancha no puede justificar –si es que hay justificación– a la represión. “En Castilla y León, en Galicia, en Navarra no hubo guerra civil”, dice la profesora de historia Mirta Núñez, autora del texto introductorio del libro. En Guadalajara, la dinámica represora no diferió demasido de la que se registra en otros territorios. La particularidad aquí fue la aplicación con retraso de la represión, ya que el golpe no triunfa de inmediato. Lo novedoso, en realidad, es la existencia al fin de un libro que cataloga e intenta explicar que sucedió.

Muchos familiares exigen que, aunque sea siete décadas después, no se cierre un capítulo de la historia que ni siquiera ha sido escrito en Guadalajara. La prueba de esta ley de silencio está por todas partes. “En España no hay un sistema nacional de búsquedas como hubo en el resto de Europa después de 1945” para que los familiares conozcan el paradero de sus ‘desaparecidos’. Por eso, dice la profesora de la Complutense, Mirta Núñez, “hay que seguir luchando por lo evidente, rescatar la memoria. Parece mentira que el silencio siga vigente”, se lamenta la historiadora, cuya conclusión no puede ser más alarmante: “Se ha echado una avalancha de basura sobre su memoria”. La de las víctimas y la de sus familias. Por eso el acto del jueves se convirtió en un alegato, más que una presentación de un libro.

Los 6.230 casos anotados y contrastados; las más de 30 fotografías de fusilados; la presencia de hijos y nietos que siguen emocionándose al hablar en público de sus padres y abuelos, de alcaldes, maestros o militantes de partidos democráticos que no son fruto de ninguna ficción para el cine o la literatura, exigen que se destaque ese dato  –6.230–, una explicación o un aplauso como los que resonaron en Dávalos. Estas familias exigen que todos se sepan lo que pasó… de memoria.

http://www.memoriaguadalajara.es/

Recuperamos éste articulo de 2008, que por desgracia, sigue teniendo actualidad.

Xulio García Bilbao (Foro por la Memoria de Guadalajara, 26/10/2008)

Don Ángel Jiménez (2008)

Desde los últimas semanas, en el Foro por la Memoria de Guadalajara estamos, me imagino que como en todas las asociaciones de memoria democrática, literalmente abrumados por las peticiones de ayuda, sobretodo desde el comienzo de las diligencias de Garzón.

 El otro día me llama un señor y me dice algo parecido a lo siguiente: “es que he oído hablar de esto de la Memoria Histórica, y me enterado que mi abuelo era carabinero. Es para saber si puedo sacar algo“. Por supuesto, le dí referencia de la base de datos del Archivo de la Memoria Histórica, donde le indiqué que podría hallar algún dato. Cuando le pregunté los apellidos de su abuelo, me dijo que “no sé el segundo apellido“. Tras oír esto me di cuenta de que es la típica persona que no tiene ni idea de quien era su abuelo, ni mucho menos de aquello por lo que murió, pero que ahora de repente, se ha despertado en él un “súbito interés” por él, quizás al oír hablar de dinero. Allá cada uno. Lo siento pero tuve esa sensación. 

Entonces le dije que nosotros somos una asociación de memoria histórica democrática, y que para pedir ayudas estaba la administración, que por supuesto tenía derecho a ello y le facilité algunos contactos para hacerlo si deseaba. Que nosotros no somos exactamente una asociación de familiares, aunque entre nosotros haya familiares, que nosotros luchamos también por la justicia y los derechos humanos y por honrar aquello por lo que lucharon. No estoy seguro de que este familiar entendiera lo que le dije. Quería haberle hablado de que la 65 Brigada Mixta del IV Cuerpo de Ejercito Republicano estaba compuesta por carabineros, que tuvo un papel heroico en la batalla de Guadalajara, que unos 20 carabineros fueron fusilados en Brihuega por los fascistas durante la ocupación italiana, y muchas más cosas, pero nada de eso le interesó. No le culpo. 

Está bien dar respuesta humanitaria a los familiares, pero no podemos quedarnos en eso. El “miabuelismo” aleja a muchos de entender que las víctimas del terror franquista, murieron por defender unos ideales.

Este caso es por supuesto una excepción, porque afortunadamente la totalidad de personas lo que quieren es honrar a sus familiares asesinados.

Acabo de venir de casa de uno de ellos. Se trata de un señor de 81 años, don Ángel Jiménez Loriente, hijo de Wenceslao Jiménez, un concejal socialista fusilado, natural de Mondéjar (Guadalajara). Su madre, Carmen Loriente, también sufrió represión y fue condenada a 30 años. Después de la cárcel fue desterrada a Zaragoza.

 Don Ángel ha gastado casi hasta el último céntimo que tiene en intentar cumplir la promesa que le hizo a su padre en la cárcel de Guadalajara, la víspera de su fusilamiento: “Defiende el buen nombre de la familia“, le dijo. Don Ángel tenía 11 años.

 La colección de cartas, peticiones oficiales, oficios judiciales y otros, que don Ángel ha usado para intentar cumplir la promesa hecha a su padre, alcanza la cifra de 116 documentos, que don Ángel, ya cansado, ha donado al Foro por la Memoria de Guadalajara, y al Archivo Histórico Provincial. Hay cartas al rey, a Aznar, a todos los ministerios y archivos imaginables desde el año 82 aproximadamente, cuando este gran luchador comenzó su solitaria cruzada.

 Como éxito a todos sus requerimientos, lo único que ha conseguido es una respuesta del Ministerio de Justicia, donde ante la petición de la ANULACION de las sentencias de sus padres, le dicen, que “sus delitos ya han sido amnistiados por la Ley 46/1977“, es decir la Ley de Amnistía del 77. Esto fue hace unos diez años. La Constitución derogó las leyes franquistas, pero no es lo mismo DEROGAR que ANULAR. Para las leyes actuales, los padres de don Ángel fueron culpables y los tribunales que les juzgaron, legales. Pero en el 77 “se les perdonó“. La verdad es que no hacia falta, pues la Comisión liquidadora de Responsabilidades Políticas, esa que dirigía en 1947 el ex ministro monárquico Eduardo Aunós, ya les habia “perdonado”. La ley de Amnistía del 77 hizo lo mismo, lo mismito que Franco en el 47.

También ha escrito don Ángel a la Asociación de Derechos Humanos, y al Ministerio de Exteriores, pidiendo que el asesinato de su padre sea considerado “crimen de lesa humanidad” (sin respuesta).

Finalmente, intentando demostrar la ilegitimidad del Tribunal que condenó a su padre, escribió en 1994 al entonces ministro de Defensa, García Vargas, y luego a su sucesor Suárez Pertierra, pidiendo información sobre los conocimientos jurídicos de los miembros del tribunal que juzgó a su padre, intentando demostrar que los jueces no eran tales y no estaban capacitados ni legitimados para juzgar o condenar a nadie. Ante todo esto lo que obtuvo es una carta del Ministerio de Defensa, indicándole que “los componentes de los tribunales que dictaron la sentencia, eran militares“. También pidió que se modificara la acusación de “adhesión a la rebelión” diciendo que su padre no se rebeló contra nadie, sino todo lo contrario. Los que se rebelaron fueron los golpistas que le mataron. Todo ello para intentar conseguir la nulidad de la sentencia. Ha intentando dar respuesta a todas y cada una de las falsas acusaciones (once) que aparecen en la sentencia de su padre, sin conseguirlo. Está agotado y totalmente arruinado.

El padre de don Ángel, Wenceslao Jiménez, concejal socialista de Mondéjar, unos días antes de ser fusilado en las tapias del cementerio de Guadalajara, el 07/08/1940, con otros ¡42 compañeros!, decidió cortarse el pelo, para “estar presentable ante la muerte“. El peluquero de la cárcel, también preso, de nombre Eusebio Ambite, natural de Hontoba (Guadalajara), se quedó tan impresionado por su entereza, que cuando salió de la cárcel en los años 40, fue a visitar a don Ángel, y le devolvió los treinta céntimos que su padre le había pagado por cortarle el pelo aquel día. Los tenía guardados desde entonces. Hoy don Ángel me enseñó esas tres monedas. Es casi lo único que le queda. Espero que algún día pueda cumplir la promesa que hizo a su padre y veamos verdad, dignidad y justicia para todas las víctimas del franquismo.

 

Xulio García Bilbao

Foro por la Memoria de Guadalajara (2008)

Nota:  Le hemos cambiado el título original, “los tres céntimos de don Ángel” aunque como el propio protagonista nos corrigió luego, las tres monedas eran de 10 céntimos, por tanto, fueron 30 céntimos.

El 17 de noviembre de 2007 se descubría un cuadro en la galería de retratos de la Diputación Provincial de Guadalajara. En un emotivo acto, uno de los presidentes de la institución durante la guerra civil, Gregorio Tobajas Blasco, recibía un merecido homenaje. Con el paño que cubría el lienzo cayó también la sombra que ocultaba su memoria desde que fuera fusilado en 1940 por su adhesión al bando republicano.

Con la voz quebrada por la emoción, su nieto Francisco, agradecía a la institución “el haber permitido que esto se cierre de una vez, ya está donde tiene que estar…”. “No sabia ni como era, ahora se le ven los ojos, está la figura… con verle me siento satisfecho”. Para la presidenta de la Diputación, Mª Antonia Pérez León, fue un día feliz y recordó que su antecesor en el cargo “fue asesinado por defender unos ideales democráticos y constitucionales” con los que fue consecuente hasta el final. Rasgos de un carácter honesto y comprometido que presidieron su corta vida.

 

Una vida intensa

Gregorio Tobajas nació en Sigüenza el 17 de noviembre de 1907 en una familia de cinco hermanos. Pronto comenzó a cursar estudios en el seminario seguntino para ser sacerdote y muy joven, con apenas 22, viaja a Roma para lograr su Doctorado en Teología como atestiguan algunos pases para moverse por el Vaticano que conserva la familia. En su vuelta a España logró cierto reconocimiento en la Diócesis con “la colocación de una placa conmemorativa en la Catedral de Sigüenza con su nombre porque había completado sus estudios de teología en apenas un año cuando la norma eran tres”, recuerda su nieto Francisco Tobajas.

Una vez ordenado sacerdote fue mandado a ejercer su ministerio a Cubillo de la Sierra. En este pequeño pueblo de la provincia conoció las duras condiciones de vida de la España rural: el analfabetismo, la incultura, la miseria generalizada y “pudo compararlas con la riqueza que había visto en el Vaticano o la vida acomodada que había tenido en su infancia seguntina”, conjetura su nieto Francisco Tobajas, “debió decirse: esto no puede ser, hay que hacer que la gente aprenda porque sino esto no funciona, y a ello se dedicó”. En ese tiempo también conoció a Francisca Redondo, la maestra del pueblo, debió de enamorarse y con ella se casó por lo civil al poco tiempo abandonando definitivamente la Iglesia en 1932 y comenzando una activa vida sindicalista y política.

Afiliado a UGT y al PSOE, redactor jefe del diario “Abril”, en enero de 1936 fundaba la Federación de Trabajadores de la Tierra de Guadalajara. Su intenso trabajo recorriendo la provincia y sus cualidades de orador hicieron que rápidamente la Federación contara con 18.000 afiliados alcarreños. Un año más tarde fue elegido secretario nacional del sindicato agrario y diputado provincial, un cargo que compatibilizó con el de Gobernador. El 22 de marzo de 1938 era nombrado presidente de la Diputación, un cargo que desempeñó apenas 11 meses ya que el 23 de febrero del año siguiente la institución buscaba sustituto “por haberse incorporado al Ejército el compañero Gregorio Tobajas que lo desempeñaba”, según consta en la documentación que se conserva.

 

Durante su tiempo como presidente, en plena Guerra Civil, dos fueron sus preocupaciones principales: la gestión del Hospital Civil y el Hogar de la Infancia. Respecto a su interés en mejorar el funcionamiento del primero, queda para la historia el agradecimiento expresado el 12 de mayo de 1938 por el pleno de la Diputación al presidente Tobajas por ceder las 500 pesetas que le correspondían por gastos de representación para la instalación de una clínica para heridos de guerra en el hospital. En cuanto al hogar de la infancia, donde se recogían a niños huérfanos y los hijos de padres que estaban o iban al frente, procuró hacer “un lugar para alejarlos de la guerra para que no vieran las barbaridades que se estaban cometiendo”, en palabras de su nieto.

Al finalizar la guerra civil Gregorio Tobajas, como tantos otros republicanos, intenta salir de España pero es apresado en Alicante y recluido en la prisión del Castillo de Santa Bárbara en mayo de 1939. A finales de junio o primeros de julio de ese año fue trasladado, junto con 40 presos, a la prisión militar de Guadalajara. Durante su estancia en ella empleó su tiempo en enseñar a los presos a leer. Según el testimonio de un compañero de celda “todo su interés era que aprendieran a leer para que no los engañaran”. De aquella época queda también un puñado de cartas enviadas a sus familiares y que sugieren “viendo como su letra va perdiendo firmeza, que estaba enfermo y quizá había sufrido torturas”. También una recomendación a su mujer: impedir como fuera que sus hijos Francisco y Aída, a la que obligaron a cambiar el nombre por el de Ana porque el primero “sonaba mal”, se acercaran a la política.

Finalmente en enero de 1940 la Auditoría de la Guerra de Guadalajara le juzgaba y condenaba por adhesión al Frente Popular y por, según recoge la sentencia, “participar en actos políticos en los que se incitaba al asesinato”. Durante este tiempo su mujer se movió entre la gente a la que Gregorio había ayudado mientras Guadalajara fue republicana y destacados nombres del bando vencedor como Enrique Fluiters enviaron cartas en su defensa que, finalmente, de nada sirvieron. Antes de ejecutarle, le ofrecieron conmutar la pena si renegaba de su mujer y sus hijos y volvía a ser cura algo a lo que se negó. “Lo tenía tan claro que dio la vida por lo que pensaba, lo llevó hasta las últimas consecuencias. Tenía claro que lo único que él había hecho fue intentar ayudar a la gente que prescindió de abogado defensor en el proceso y se defendió el mismo”, apunta su nieto. El 3 de mayo de 1940 Gregorio Tobajas Blasco era fusilado en el cementerio de Guadalajara y enterrado allí mismo en un ataúd que costó 60 pesetas. Tenía 32 años.

 

Muerte y olvido

Una carpeta con algunos recortes de prensa, varias cartas, papeles de cuando estuvo en la carcel y cinco fotos es todo lo que conserva la familia de Gregorio. Tras su muerte se intentó borrar su figura de una manera sistemática: su nombre desapareció de los anales y actas de la propia Diputación, de hecho alguna que ha sobrevivido lo ha hecho por estar traspapelada, se destruyeron las fotografías que había y cualquier referencia a su paso por la institución. También la placa instalada en la Catedral había desaparecido hace tiempo y su nombre y figura fueron ejemplo “de lo que no había que ser” resume Francisco.

Su familia también sufrió represalias. “Mi abuela” recuerda el nieto, “llegó a ser como una apestada, en las tiendas la despachaban la última, le impidieron ejercer de maestra y no pudo hacerlo hasta que murió Franco y acabó la dictadura”. “También a mi padre, y esto lo he conocido hace poco porque él nunca dijo nada, le cerraron las puertas. Con 17 años hizo unas oposiciones para trabajar en un banco y, a pesar de que él creía que las había hecho bien, no le llamaban para trabajar así que fue con mi madre a ver que había pasado y el director los recibió y les dijo “no solo está aprobado sino que es el número uno con gran diferencia sobre los demás, pero hay clientes que han dicho que si Tobajas entra a trabajar aquí retiran el dinero. Así que estuvo toda la vida de dependiente en Robisco”.

Cuadro con la imagen de Gregorio Tobajs que ha sido colocado en la Diputación junto a los demás presidentes de la institución.

Cuadro con la imagen de Gregorio Tobajas que ha sido colocado en la Diputación junto a los demás presidentes de la institución.

 

Figura recuperada

Hace años la Diputación editó un libro en el que se reproducían retratos de todos los presidentes menos de Gregorio Tobajas, “entonces me dije que ya era hora de devolverlo a su sitio, porque yo sabía que mi abuelo había sido presidente pero que habían querido eliminar cualquier recuerdo suyo”, dice Francisco.

Tras unos años de espera, “se ha hecho el reconocimiento que debía tener que no es ni más ni menos que ocupar el lugar que le corresponde como presidente de la Diputación y aparezca en los archivos en los que ha de estar” y añade “con este homenaje no se abre ninguna herida, en todo caso se cierra”. Parece que pronto se le tributará otro en su ciudad natal, Sigüenza, concediendo su nombre a una calle. Para la familia, lo único que queda, “es revisar la sentencia por la que le fusilaron para eliminar el ‘si condenado’ y ya no queremos nada más”.

Actos de desagravio para un alcarreño “que hizo lo que pensó que había que hacer, que tenía unos ideales y luchó por ellos y al que las cosas le salieron así”, según su nieto; “cuya actuación fue ejemplar y del que debemos sentirnos orgullosos todos”, en palabras de la presidenta de la Diputación y que había pasado 70 años en un oscuro rincón de nuestra historia que ahora empieza a ver la luz.

 

http://elafilador.net/2009/12/gregorio_tobajas_blasco

www.memoriaguadalajara.es

7 de marzo de 1917 en Brihuega (Guadalajara) – 25 de abril de 2007 Sant Adrià del Besós (Barcelona)

Tomasa Cuevas

El 25 de abril de 2007 falleció Tomasa Cuevas, luchadora, militante comunista durante la Guerra Civil. Tenía 90 años, nació el 7 de marzo de 1917 en Brihuega (Guadalajara). Esta es parte de su historia, escrita por Eugeni Madueño en 2006:
Sábado por la tarde. En el gran edificio geriátrico que el Fòrum ha dejado en el sudeste del Besòs hay más animación de la habitual. Las familias aprovechan el fin de semana para visitar a los ancianos. Hay bullicio en el vestíbulo y trasiego en los ascensores. En una luminosa habitación de la tercera planta está Tomasa Cuevas, con la que brindaremos por sus recién cumplidos 89 años. La encontramos de espaldas, sentada en su silla de ruedas, absorta contemplando más allá del ventanal el solar en el que hace poco había una cochera de autobuses y dentro de nada habrá un enjambre de pisos. La llamamos varias veces por su nombre, pero es inútil. Sólo descubre nuestra presencia cuando la tocamos. A su “columna vertebral maltrecha, su diabetes y sus problemas cardiacos y de visión, con artritis aguda, efectos de la edad, ciertamente, pero también secuelas de encarcelamientos y torturas”, habrá que añadir la sordera que el audífono de su oreja izquierda no consigue mejorar.- ¡¡¡Tomaaassaaaa, cada díaaaa estás más guapaaaa!!! – grita el único amigo que viene a verla regularmente y que hoy hace de embajador. Tomasa se vuelve y abraza entre aspavientos de alegría al amigo común, mientras a mí me mira con recelo. Pero es sólo por un momento. Al poco, Tomasa, que habla en proporción inversa a la que oye, es decir, a gritos, me explica su larga, heroica, sufriente vida. Nació en 1917 en Brihuega, un pueblo de la Alcarria, Guadalajara, en el seno de una pobre familia de cinco hermanos. A los nueve años era una trabajadora pluriempleada. A primera hora del día repartía leche, luego trabajaba en una fábrica de género de punto, por la tarde recogía agua para los caseros y por la noche se sacaba un extra cosiendo puntos de media, todo ello para ayudara su familia. Cuando Santos Puerto, el líder comunista de la fábrica, le habló de un mundo de personas iguales y sin clases, Tomasa descubrió una fe y una religión de la que aún no se ha dado de baja.- Que conste que yo sigo pagando mi cuota al partido, dice con un sonido agudo que resuena en la habitación y se oye en toda la planta. La detuvieron por primera vez en 1934, por insultar a un guardia que maltrataba a un niño cuyos padres habían muerto en la revolución de Asturias. Tenía sólo 17 años y ya era todo un carácter. “Como toque al niño le pego una hostia y me cago en su madre”, le dijo al guardia, que, obviamente, se la llevó detenida. La guerra la pasó haciendo trabajos manuales para las Juventudes del partido, convencida de que el fascismo sería derrotado. Las cosas fueron muy distintas, y el primero en pagar las consecuencias fue su padre, que perdió el trabajo por haber consentido tener una hija comunista. Tomasa se propuso huir a Barcelona, pero un tipo de su pueblo apellidado Trallero la denunció y fue detenida en el tren donde intentó esconderse. La ingresaron en la cárcel madrileña de Ventas, donde había 189 mujeres en el corredor de la muerte esperando para ser ejecutadas y donde las condiciones de vida eran tan malas, que en el verano de 1939 morían un promedio de ocho mujeres cada noche. Fue en esa cárcel donde se enteró, con dos años de retraso, de la muerte de su padre.- Él fue para mí más que un padre, fue también mi amigo, dice ahora Tomasa en la residencia del Fòrum. Hasta los años cuarenta no consiguió llegar a Barcelona. Se enroló en un PSUC que entonces aún confiaba en derrotar el franquismo con las armas. En esa época conoció al hombre de su vida, el activista Miguel Núñez Saltor, que llegaría a ser diputado en las Cortes en las dos primeras legislaturas, además de referente político para personas como el escritor Manuel Vázquez Montalbán.- Nos juntamos en la clandestinidad, tuvimos una hija, Estrella – rememora Tomasa sin moverse de su silla de ruedas-, nos casamos años más tarde, cuando ya éramos legales, y muchos años después nos separamos. De la cárcel de las Ventas lograron salir con vida gracias a que la victoria aliada en 1945 hizo dudar a los jueces de la continuidad del franquismo. Una década después, en 1958, su compañero Núñez era un dirigente clave que actuaba como enlace entre la dirección del partido y las incipientes células universitarias de Barcelona. Su detención por los siniestros hermanos Antonio y Vicente Juan Creix fue tan sonada como las consecuencias de las torturas que éstos le aplicaron en los calabozos de Via Laietana. Núñez pasó días colgado con las esposas de una tubería. Le destrozaron la columna vertebral. Pero no delató a nadie. Eso sí, hubo de pasar diez penosos años en el penal de Burgos, mientras Tomasa conocía el de Segovia y regresaba al de Ventas. Liberada antes que él, Tomasa se marchó a Praga, y luego se reencontraron en París, hasta que tuvieron la oportunidad de volver, entre otras cosas porque personas como el editor Josep Maria Castellet o Cristóbal Garrigosa, el padre de la esposa del actual presidente de la Generalitat, les ayudaron a encontrar un trabajo en Barcelona. Luego vino la transición y el pacto que obligaba a guardar un silencio vergonzante a personas como ellos. Tomasa nunca estuvo de acuerdo con esta política. Así que entre 1985 y 1986 recorrió España, magnetofón en mano, grabando los testimonios de las mujeres que, como ella, habían sufrido en las prisiones franquistas por luchar contra el fascismo. Ordenó los testimonios y publicó tres volúmenes hoy agotados en la editorial Siroco. La profesora californiana Mary E. Giles publicó después una recopilación en inglés, Prison of women, testimonies of war resistence in Spain, y recientemente la editorial barcelonesa Icaria ha publicado una compilación de bolsillo con el título Presas.
Condecorada con la Creu de Sant Jordi en 2004, la dura experiencia personal y los libros con centenares de testimonios que Tomasa Cuevas ha dejado escritos servirán para llenar de contenido el Memorial Democràtic que ha echado a andar en nuestro Parlament.

Otros vínculos de interés sobre esta mujer luchadora:

Preso de les corts

Nodo50

CCOO 1 mayo

NUEVA ALCARRIA 04/12/2006
MEDALLA DE ORO AL MÉRITO EN EL TRABAJO POR SU LUCHA Y COMPROMISO CONTRA EL FASCISMO

Tomasa Cuevas, una alcarreña contra el olvido

Raúl Conde Suárez.
Una expresa de Franco, natural de Brihuega, recogió con su grabadora el testimonio de 300 mujeres que pasaron por las cárceles durante la dictadura El Consejo de Ministros le otorgó el viernes la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo El relato desgarrador de Tomasa Cuevas y el resto de presas narra las torturas y atrocidades en las cárceles del franquismo
La memoria histórica no sólo es cuestión de sesudos historiadores o de políticos interesados, de un lado o de otro. También es un esfuerzo individual de algunas personas que, con su voluntad, han levantado acta de las barbaries que se cometieron después de la Guerra Civil. Un ejemplo extraordinario lo encarna Tomasa Cuevas Gutiérrez, nacida en Brihuega hace 89 años. Fue recluida en siete prisiones durante la dictadura y sufrió los abusos y torturas de la policía de la época. Sin embargo, decidió no callarse. A partir de 1974, tuvo el valor suficiente de coger un magnetófono, esconderlo en su bolso y grabar, de viva voz, el testimonio de más de trescientas mujeres que dieron con sus huesos en las cárceles del franquismo.

El trabajo de Tomasa Cuevas arranca en 1974, cuando pone en práctica una idea que a nadie se le había ocurrido: recorrer España e ir grabando los testimonios de mujeres que estuvieron con ella en diversas cárceles. Lo hizo por su cuenta, sin apenas medios económicos y con un magnetófono. Logró completar una trilogía de libros. El primero, “Mujeres en las Cárceles Franquistas”, fue editado por la editorial Casa de Campo en Madrid en 1982. Los otros dos volúmenes aparecieron en la editorial barcelonesa Siroco, con el apoyo de Manuel Vázquez Montalbán y Teresa Pàmies. Este año ha podido reeditarse gracias al servicio de Publicaciones de la UNED, el Instituto de Estudios Altoaragoneses y el escritor Jorge Montes Salguero, subdirector de la Biblioteca Nacional. La obra era “un librito con errores de paginación y ortográficos, pero me llamó la atención por el conjunto de testimonios que incluía y porque nadaba contracorriente del pacto de silencio de la Transición”, declara Montes a Nueva Alcarria.

El libro de Tomasa, tal como escribió el crítico de El País, rebosa “solidaridad y naturalidad”. Se trata de una mujer sin estudios pero que pasó por las prisiones de Guadalajara, Durango, Santander, Ventas, Amorebieta, Segovia y Barcelona. En 2004, el presidente de la Generalitat de Cataluña, Pascual Maragall, le otorgó la Creu [Cruz] de Sant Jordi, una de las máximas distinciones que designa esta institución. Y el pasado viernes, el Consejo de Ministros le concedió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

Comunista en Guadalajara

El reconocimiento, aunque valioso, le llega tarde. Tomasa vive en una residencia de Barcelona, donde reposa de su azarosa vida y de las lesiones físicas que le han dejado en una silla de ruedas. No recibe a periodistas y sólo habla con sus familiares. Su hija, Estrella Núñez Cuevas, asegura a este diario que su madre “ya no está para entrevistas ni para homenajes, lo único que quiere es descansar tranquilamente porque bastante ha hecho ya”. En la época de Blanca Calvo como directora, la Biblioteca de Guadalajara intentó organizar un homenaje, pero al final no pudo hacerse por el delicado estado de salud de la protagonista. “Antes iba mucho a Guadalajara y guardaba cierta relación con Brihuega”, apostilla Estrella de su madre.
Tomasa nace en la villa briocense el 7 de marzo de 1917. Hija de un obrero y nieta de un albañil y de un hornero, pronto tuvo que trasladarse a Guadalajara porque su padre sufrió un periodo largo de hospitalización. A pesar de que no pudo ir a la escuela hasta los seis años, organizó con apenas 14 años las juventudes del Partido Comunista en Guadalajara. Jorge Montes, director del documental “Del olvido a la memoria. Presas de Franco”, recientemente emitido por La Sexta, facilitó hace un mes y medio una copia a Nueva Alcarria. En esta producción, Tomasa Cuevas detalla aspectos de su vida y muestra su fuerte personalidad. “Yo sin estar afiliada al partido –declara- ya hacía trabajos de partido, porque camaradas de la Dirección me conocían y sabían de mi trayectoria de juventud en Brihuega”.

Torturas y exilio

La sublevación del 18 de julio de 1936 le sorprende en la capital alcarreña formando parte de las Juventudes Socialistas Unificadas, agrupación desde la que defiende a la República durante la Guerra Civil. Al acabar la contienda, es detenida y encarcelada en la prisión de Guadalajara. Condenada a 30 años de prisión, cumplió cinco. Después de cumplir su condena, es desterrada a Barcelona, donde se incorporará al Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC). En 1945 vuelve a ser detenida, salvajemente torturada y trasladada a la prisión de Les Corts, en la ciudad Condal. Tomasa relata: “El comisario de la dirección de la cárcel se llamaba Polo y había dos policías hermanos. Daban muchos palos, leña a base de bien hasta desnudarme para que los palos fueran no con tela sino a la sisa, a la piel”.

En 1951 se exilia en Francia durante diez años y luego pasa nuevamente a la clandestinidad. “Si te cogían, también te sacudían allí”, recuerda Tomasa. Actualmente sigue siendo miembro de la Asociación Catalana de Expresos Políticos. “Estuve un tiempo en que trabajando con la guerrilla del partido fui a un pueblecito de Francia y llevaba una bolsa vacía pero con papeles para que abultara, allí metíamos las armas, la cerrábamos y la llave la tirábamos por si nos registraban, los policías me dijeron siéntese y cállese, me senté y a callar y llegamos a Guadalajara, tocaron el bolso para ayudarme y me dicen ‘¡uy, cuanto pesa esto!’, pues es papel lo que lleva y me dejaron marchar”.

Los primeros testimonios que recogió Tomasa Cuevas fueron en Brihuega. “Todavía existía aún el franquismo –evoca- pero de los primeros que cogí fue a la gente mía que yo conocía y ellos me conocían de Brihuega” [en la transcripción de las palabras de Tomasa en el documental aparece equivocado el nombre del pueblo ‘Brihuela’]. Aprovechó las vacaciones de una Semana Santa, posiblemente en 1974, para acercarse hasta La Alcarria y comenzar de esta forma su ingente trabajo testimonial. “Algunas cintas fueron a Francia y otras en Guadalajara, bien guardadas con gente que no había estado en la cárcel, que no tenía relación con el partido”.

El carácter luchador de Tomasa se observa en sus palabras y gestos, en su rotundidad a la hora de hablar. “Para nosotras –cuenta- la cárcel de Ventas fue como un colegio político, entrabas y te encontrabas con políticas que militaban en la juventud, en el partido [Comunista]. Ahora las cosas han cambiado políticamente, ha muerto pero existen muchos cabrones”. Tomasa explica en el documental el origen de su compromiso: “nadie me dijo tienes que luchar por esto, yo fui allá porque lo sentía dentro de mí, porque había vivido miserablemente, entre miseria no por piojos, por hambre, y eso ya jovencita me indignaba, y yo diría seguid luchando si queréis que cambie esto pero tenéis que luchar, tenéis que hacer algo”.

Castigo y represión

En opinión de Tomasa, existen muchas mujeres todavía con vida que merecen un homenaje, “sobre todo de Castilla y Andalucía”, por el sufrimiento que tuvieron que soportar tanto en su vida diaria como el tiempo que permanecieron recluidas en las prisiones. Algunos de los testimonios reunidos por la propia Tomasa son la base del documental ‘Del olvido a la memoria’. “Cuando se oía decir: te llevamos a diligencias, suponía comenzar la tortura de nuevo”, asegura en el documental Maria Salvo, una catalana, nacida en Sabadell, militante en las Juventudes Socialista Unificadas, que pasó 16 años en prisión, donde fue torturada y, como consecuencia de las palizas, no ha podido tener hijos. Otra de las participantes es Carmen Rodríguez, viuda del histórico dirigente comunista Simón Sánchez Montero, detenida en múltiples ocasiones: “recuerdo que, en Alcalá de Henares, a Simón lo pusieron en una celda solo y le pagaron. Tanto lo pegaron que, cuando salió destinado de Madrid a Burgos, llevaba las gafas atadas”.

Julia Manzanal pasó cinco años en prisión, donde murió su hija de pocos meses. Ahora, a los 91 años, recuerda con profunda emoción la despedida, en la cárcel de Ventas, de 13 mujeres menores de edad, que fueron fusiladas la madrugada del 5 de agosto del 39, en las tapias del cementerio del Este de Madrid. “Me tocó vivirlo; yo besé a las niñas, las niñas me besaron a mi, besaron a la niña y yo no pude dormir en toda la noche porque quería oír los tiros”. Concha Carretero, una de las condenadas a muerte que escapó del fusilamiento de las 13 rosas, como se denominó ese expediente de la cárcel de Ventas, una prisión con capacidad para 500 mujeres y que en esos años llegó a tener 12.000 reclusas, sentencia: “Yo hubiera preferido que me siguieran dando palos antes que ver a una compañera salir para no volver. Eso lo digo con el corazón y no encuentro palabras para describir eso porque es muy duro”.

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DETALLE

“Corrientes en los dedos, pena de muerte y violaciones”

La reedición del libro de Tomasa Cuevas “Testimonio de mujeres en las cárceles franquistas” ha propiciado la grabación de un documental “Del olvido a la memoria. Presas de Franco”, dirigido por Jorge Montes, subdirector de la Biblioteca Nacional y vicerrector de la UNED. Esta cinta recoge los testimonios de diez mujeres republicanas que sufrieron las cárceles de Franco: Tomasa Cuevas, Trinidad Gallego, María Salvo, Concha Carretero, Nieves Torres, Soledad Díaz, Angustias Martínez, Julia Manzanal, Carmen Rodríguez y Maria Cuesta, ancianas que actualmente rondan los 90 años y otras los superan. “Algunas le pusieron cuñas en las uñas; a mi cuñada corrientes en los dedos y en los pezones; a algunas las han violado”; “como primero pegan y después preguntan, me pegaron”. “Peque, nos han puesto pena de muerte. Yo le dije: pero, Virtudes, ¡te conmutarán!”. Así empieza el documental, en el que participa también la escritora Teresa Pàmies quien, en el exilio, ayudó a Tomasa Cuevas a recopilar y editar, en la trilogía “Testimonio de mujeres en las cárceles franquistas”, las experiencias de mujeres que padecieron en sus carnes la represión franquista. La escritora catalana destaca, en el documental, la importancia de la labor de Tomasa, una mujer sin estudios, nacida Brihuega (Guadalajara) que como consecuencia de las torturas que padeció durante los más de seis años que estuvo en prisión, hoy es una anciana de 89 años, con lesiones medulares que le obligan a estar en una silla de ruedas, hospitalizada en una residencia.

Ahora, la productora Lua Multimedia ha trasladado a imágenes esos testimonios en un documental en el que estas diez mujeres, que dejaron en las galerías su juventud, reflejan su lucha contra el olvido por aquellas otras mujeres que nunca volverán a ver porque fueron fusiladas y piden que se escuche su voz para que no vuelva a suceder lo que ellas padecieron. El documental recrea, en la cárcel de Segovia, imágenes de aquellos años posteriores a la Guerra Civil, cuando muchas mujeres eran llevadas por la Policía Político-Social de Franco a la Dirección General de Seguridad. En los sótanos eran sometidas a brutales interrogatorios que les han dejado secuelas para toda la vida. Durante su estancia en prisión eran continuas las visitas a estos calabozos. El documental está disponible en la Biblioteca Nacional.

Publicado el 4 Diciembre 2006
AGRADECIMIENTOS. RAÚL CONDE SUÁREZ